Año 2045: Extinción del Ecuador
Written by danilo_3re2RJc on 10/26/2025
Lo que se llamó República del Ecuador ya no existe. La vieja bandera tricolor es prohibida en muchos territorios ancestrales, donde ondear sus colores se castiga con prisión. Tras 2 décadas de discursos y paros incendiarios, los líderes de las nacionalidades indígenas, en nombre de la resistencia, expulsaron a las Fuerzas Armadas y declararon sus territorios liberados de la ocupación mestiza. El país se partió en pedazos sangrantes.
Hoy el mapa está atravesado de docenas de fronteras, alambradas y aduanas dibujadas no por ríos o montañas, sino por el odio y la ambición. Para viajar de Riobamba a Macas hay que tramitar tres visas y pagar cuatro peajes. Cada nacionalidad tiene su propio pasaporte, su bandera, idioma, himno y su Apukuna o líder supremo, de cuya voluntad pende la vida o la muerte de sus comuneros. Ya no existen provincias; existen Estados espirituales del sol, Repúblicas del bosque lluvioso, Naciones del agua sagrada, Confederaciones andinas estelares y más nombres de feudos donde el miedo huele a sangre que no se seca.
La gran ironía que el éxtasis de la lucha étnica ocultó, fue que, una vez expulsado el “enemigo común”, comenzó la verdadera guerra. Las nacionalidades se asesinan unas a otras. Las alianzas se quebraron y los odios ancestrales se convirtieron en emboscadas y masacres. En la Amazonía se disputan los ríos y el oro; las fronteras andinas se iluminan con el fuego de fusiles en sus luchas por el control de los páramos y las fuentes de agua, para así extorsionar a las ciudades mestizas. Grupos terroristas vacunan pueblos enteros con el aval de los caciques vecinos. Los monumentos de los líderes históricos, son venerados como dioses y sus palabras se rezan en 13 idiomas, excluido el español por ser símbolo de 500 años de dominación.
Los consejos comunitarios se transformaron en dictaduras teocráticas donde cualquiera que cuestione al Apu de turno, es un alma extraviada que es sentenciada a “retornar” a la tierra. Los jóvenes son reclutados para defender la pureza de la raza y la integridad de territorios, cada vez más pequeños, pues cada aspirante a líder, arma a su gente y forman una nueva nacionalidad ancestral y defienden sus nuevas fronteras a bala. Las Guardias de Resistencia de cada nacionalidad, armadas hasta los dientes, están a favor del que pague por sus servicios de protección y sicariato.
Se prohibió a las mujeres mezclar su sangre pura con otras nacionalidades y vincularse a un mestizo, acaba en una “purificación” pública a través de la sanguinaria justicia indígena. Las escuelas comunitarias enseñan que el Ecuador fue un paréntesis de 5 siglos, una ilusión colonial, una enfermedad de los hispánicos que fue erradicada. En los mercados de la Pachamama, los productos se intercambian por oro sin fundir, semillas o animales y la tecnología, o el Supay occidental, desapareció de la vida diaria.
Mientras tanto, los antiguos ecuatorianos, que aún conservan su pasaporte tricolor, viven atrincherados en ciudades apocalípticas. Para ingresar al territorio quichua de Cotopaxi se requiere visa; para comprar cacao en la Amazonía hay que pagar impuestos a tres Estados y sobornar en 6 aduanas. En Quito, la capital de la antigua unidad territorial, muchos edificios públicos son ruinas y en la Asamblea Nacional se sigue discutiendo sobre los derechos humanos de los delincuentes. En el centro histórico, los fantasmas de Bolívar y Alfaro buscan en vano un país para recordar.
Así terminó el Ecuador, devorado por el multicultural separatismo y la violencia étnica. Se extinguió la nación donde todos cabían. Los líderes que ofrecieron libertad crearon jaulas de opresión disfrazada de tradición y la patria que soñó con la diversidad terminó saqueada sus recursos por cada nacionalidad y sus socios extranjeros. Los “hermanos” de izquierda, que los apoyaron, fueron encarcelados.
Sobre las cenizas humeantes de lo que una vez se llamó Ecuador, la gran mentira se reveló en toda su crudeza. La oferta de liberarse del monstruo estatal no trajo autonomía, sino el nacimiento de docenas de ejércitos tribales, hambrientos y fanatizados, que solo encuentran un momento de efímera unidad, para combatir a las Fuerzas Armadas ecuatorianas, el último fantasma de una nación que se niega a desaparecer.
La gran mentira indígena no fue el separatismo, sino la creación de docenas de pequeños estados dominados por la opresión y adornados con plumas y tambores. Pero el apocalipsis no llegó con una gran batalla, sino con los silencios temerosos y cómplices de la mayoría de la sociedad ecuatoriana. Llegó con el envenenamiento de los ríos. Llegó cuando la selva comenzó a devorar ciudades abandonadas.
Al final, no hubo libertadores ni liberados, solo un puñado de tribus violentas y señores de la guerra, gobernando sobre ruinas cubiertas de musgo y pólvora, esperando una nueva redención de la Pachamama, en un mundo al que ellos le extirparon el corazón.