Cardenal, el utopista irredimible (I)
Written by danilo_3re2RJc on 07/29/2025
Nunca se despojó de su boina negra. Ni de su largo y espeso pelo, barba y bigotes blancos descuidados que flanqueaban su rostro, dotando de una luz intensa de su mirada afable y escrutadora de ojos negros; la piel quemada por la intemperie de eremita recién descendido de su monasterio. Mediana estatura, delgado, revestido de su indomeñable reciedumbre. Cuando caminaba, camisas, cazadoras y pantalones, rugosos y más grandes que él, flotaban en el aire. Una cruz tosca y vieja pendía de su pecho y un halo de lucidez y mansedumbre se desprendía de su figura.
Profesor de filosofía, le seducían la literatura, las artes visuales (dejó una serie de pinturas y esculturas), el cine… El somocismo hacía de las suyas en su Nicaragua que llevaba prendida en su alma. Anastasio Somoza García inauguró el somocismo que duró medio siglo de aciagas dictaduras. Se regodeó en el poder 19 años, pasando el testigo a su hijo, quien completó ese período ominoso y perverso.
Carne, hueso y sangre atormentados y regocijados
Ernesto Cardenal Martínez (Nicaragua 1925-2020). Teólogo, poeta, escritor, traductor, político… Creyó en el poder como acto de amor, consciente de que este es más fecundo y perdurable que el engendrado por el miedo. Y el poder del miedo convulsionaba su patria. Militante de la Teología de la Liberación, doctrina comprometida con los desheredados de la vida; abierto, libre y claro, como Solentiname, ese espacio idílico fundado por él y sus sueños imposibles de crear un mundo de iguales.
Solentiname. El agua impetuosa del Gran Lago fustiga y acaricia el breve archipiélago donde los árboles con sus pájaros cantores son su guardia inexpugnable. Allá llegó por 1966 Cardenal para crear una sociedad de artistas cristianos que luego se difundiría por todo el mundo, locura bendecida por los soñadores que pueblan la tierra. Se dice que, por esas islas lacustres que forman ese paraíso perdido, vaga aún el espíritu del poeta.
“Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido/ … ni se sienta a la mesa con los gansters/… ni delata a su compañero de colegio/ Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales/ ni escucha sus radios/ ni cree en sus slogans/ Será como un árbol plantado junto a una fuente”.
Símbolo ético de la esperanza de los pueblos “olvidados de la mano de Dios”, Cardenal fue renuente a los atuendos bordados con oro, anillos cegadores por su brillo fatuo, mitras de piedras preciosas, sandalias episcopales de sedas y brocados. Buscó la revolución en la poesía, y su lidia con déspotas y tiranos quedó como ejemplo grabado en el tiempo.
Elevó su plegaria por los pueblos originarios victimizados por la conquista, por el fin del vasallaje del imperio impuesto a su patria, porque se ahuyente la autocracia del somocismo, y, al filo de su pastoreo por la vida, porque el absolutismo de Ortega y Murillo, esos dos energúmenos que asuelan su tierra natal, abdiquen de toda esperanza y entren en la guarida de los maldecidos por la historia.
Cardenal decía que no era político sino revolucionario. Acaso por eso, sus detractores de las autonombradas derechas e izquierdas lo tildaban de anarquista. Fue un ser comprometido con la lucha contra la miseria, la inequidad y la infamia. Su pacto por la identidad es fruto de su vivencia religiosa: “La mística es la que me ha dado a mí la radicalización política. Yo he llegado a la revolución por el Evangelio. No fue por la lectura de Marx, sino por Cristo”.
“Cuerpo es alma y todo es boda”, axioma de Jorge Guillén, esclarece vida y obra de Ernesto Cardenal. Amó y fue amado. Ruborizó a los timoratos, mortificó a los beatos, encendió de rabia a los fariseos. Creyó en Dios por sobre todas las cosas, y también en el amor y el desamor humanos.
En los 50 del siglo XX ingresó a un monasterio trapense en Kentucky, Estados Unidos. Ejercicio riguroso de ascetismo y contemplación. Allí encontró a Thomas Merton, monje escritor, activista de los derechos humanos y la paz, quien influyó en su escritura y sus acciones.
La política en su vida y en su palabra es sustancia devenida de su unidad con el todo. Por eso se yergue como el gran poeta de la conciliación de Dios y el amor humano –fusión de los amantes–. Pero también del ser y el cosmos, la justicia con los miserables del mundo, la divinidad con la humanidad, la maravilla doliente de la carne con Dios, la consumación de la materia con su resurrección.
Perseguido, vilipendiado, ultrajado, asfixiado de viles calumnias, amenazado de muerte y confinamientos, Cardenal murió a sus 95 años. “El héroe nace cuando muere/ y la hierba verde renace de los carbones”. Su voz bronca y tierna ronda la Casa de los Pueblos de Managua, el palacio donde Ortega y Murillo tiemblan de miedo, así no lo crean lacayos de su país y de otras partes del mundo.