Imbabura necesita ponerse de pie
Written by danilo_3re2RJc on 10/27/2025
Un total de 30 días de paro indígena dejó a Imbabura con heridas visibles. No solo fueron las carreteras bloqueadas o los negocios cerrados: fue una parálisis que costó al menos 67 millones de dólares, un golpe severo para una provincia cuya economía se sostiene en la producción artesanal, el turismo y el comercio local. Hoy, el reto es reconstruir, y hacerlo con sentido de futuro.
‘Detrás de cada millón perdido hay familias que no pudieron vender su cosecha, negocios que cerraron y jóvenes que ven cómo la inestabilidad se convierte en rutina’.
El Ejecutivo ha anunciado un paquete de medidas para aliviar esa carga. En total, 50 millones de dólares se destinarán a la reactivación de Imbabura, con tres frentes claros: producción, comercio y turismo. Es una inyección de recursos significativa, aunque el verdadero desafío será garantizar que ese dinero llegue a los sectores que realmente lo necesitan. En contextos como este, el riesgo de que la ayuda se pierda en la burocracia o en proyectos sin impacto siempre está presente.
El Ministerio de Inclusión ha explicado que habrá moratorias tributarias y crediticias, aplazamientos en pagos al SRI y al IESS, y créditos preferenciales a través de Banecuador y Conafips. Estas son medidas necesarias, especialmente para los pequeños productores y emprendedores que quedaron al borde del colapso. Pero hay que ir más allá: la confianza es el verdadero motor de la economía, y esa solo se recupera con estabilidad y diálogo.
Quizá el anuncio más simbólico es la reducción del IVA al 8% para el turismo durante el feriado de noviembre. Imbabura, con la laguna de San Pablo, sus tejidos de Otavalo y sus paisajes andinos, depende de los visitantes. Bajar el IVA puede ser un estímulo, pero el turismo necesita algo más profundo: seguridad en las vías, promoción sostenida y apoyo a la infraestructura local. Si no se garantiza eso, el descuento será solo un respiro temporal.
El Ejecutivo también ha previsto bonos directos para comerciantes afectados, condonaciones de deudas a juntas de agua rurales y la exoneración del pago de matrícula vehicular para transportistas. Son gestos valiosos que reconocen el peso humano detrás de las cifras. Porque detrás de cada millón perdido hay familias que no pudieron vender su cosecha, negocios que cerraron y jóvenes que ven cómo la inestabilidad se convierte en rutina.
Sin embargo, toda política de reactivación será incompleta si no se aborda la raíz del conflicto. Las paralizaciones no nacen del vacío: responden a una historia de desigualdades y de ausencia de diálogo entre el Estado y las comunidades. Reactivar Imbabura implica también recomponer el tejido social, reconstruir la confianza entre los pueblos indígenas, los empresarios y el Gobierno.
El Ejecutivo enfrenta, así, una doble tarea: mover la economía y reconstruir la credibilidad. El dinero puede reabrir locales y talleres; el entendimiento, en cambio, puede evitar que las carreteras se cierren otra vez. Imbabura necesita ambas cosas.
Reactivar no es solo invertir: es reconciliar.