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Paro nacional y la fractura de los ecuatorianos

Written by on 09/26/2025

Otra vez, Ecuador se encuentra en medio de un paro nacional.

Y otra vez, la historia nos enfrenta con la fragilidad de nuestra convivencia democrática y social.

La convocatoria de la Conaie a una paralización inmediata e indefinida, anunciada el 18 de septiembre de 2025, tras la eliminación del subsidio al diésel el pasado 12 de septiembre, pone en evidencia que el país sigue atrapado en la dinámica de imposiciones y reacciones.

La protesta social es un derecho legítimo y protegido, pero su ejercicio no puede reducirse a la lógica de la violencia ni al chantaje colectivo que paraliza la vida nacional.

Desde el otro lado, el Gobierno insiste en mantener su decisión. El presidente Daniel Noboa fue claro: “Nuestro proyecto político no repite errores del pasado, no entregamos migajas, construimos un país productivo”.

En paralelo, lanzó advertencias: líderes que intenten manipular a comunidades de riego podrían ser denunciados por terrorismo y enfrentar hasta 30 años de prisión.

Un mensaje que refleja firmeza, pero que también corre el riesgo de escalar la tensión en lugar de abrir espacios de diálogo.

Las cifras explican la magnitud del problema. Según el Ministerio de Finanzas, los subsidios a los combustibles costaron más de 1 600 millones de dólares en 2024, y el diésel representó casi el 40% de ese monto.

Para el Gobierno, desmontar ese gasto es una condición para estabilizar las cuentas fiscales. Pero para los transportistas, agricultores y sectores populares que dependen del diésel, el impacto es inmediato: se encarecen los costos de producción, los fletes, el transporte urbano y, finalmente, los precios al consumidor. En este terreno fértil aparecen la especulación y los abusos.

La Cámara de Industrias y Producción de Quito calculó que cada día de paralización puede generar pérdidas de hasta 50 millones de dólares, considerando afectaciones en logística, exportaciones y productividad interna.

En octubre de 2019, durante las protestas contra la eliminación de los subsidios, el Banco Central del Ecuador estimó que las pérdidas superaron los 821 millones de dólares en apenas once días.

La historia, por tanto, ofrece lecciones que no pueden ignorarse: cada día de bloqueo es una herida profunda en una economía que apenas empieza a estabilizarse.

Pero quizás lo más preocupante es cómo el paro revela y agrava una división entre ecuatorianos.

No todos los ciudadanos coinciden con la protesta, así como no todos aceptan sin reparos la eliminación del subsidio.

Sin embargo, en redes sociales y en el debate político se impone la polarización: buenos y malos, oficialistas y opositores, “pueblo” y “élite”.

La realidad nacional es mucho más compleja que esas etiquetas.

La eliminación de subsidios exige alternativas de compensación para los más vulnerables, al igual que la protesta requiere ser canalizada de manera que no fracture aún más al país.

A este panorama se suma un ingrediente que ya se volvió recurrente: actores políticos que buscan aprovechar la coyuntura para sus cálculos electorales.

Lo hicieron en 2019, lo repitieron en 2022 y lo hacen ahora. El riesgo es que la protesta legítima quede secuestrada por agendas que poco tienen que ver con el bienestar colectivo.

La pregunta que debería guiar la reflexión nacional no es quién gana o quién pierde políticamente, sino cómo Ecuador puede salir fortalecido.

¿Qué visión de futuro construimos cuando cada desacuerdo deriva en bloqueos de carreteras?

¿Qué modelo de desarrollo se consolida si el transporte público, la agricultura o la educación quedan paralizados como rehenes de una pugna política?

El país necesita avanzar.

Y avanzar requiere acuerdos básicos que trasciendan gobiernos y coyunturas. Una política de subsidios focalizada, transparente y sostenible.

Un compromiso de diálogo real que evite la violencia como herramienta de presión.

Una ciudadanía que entienda que la protesta es un derecho, pero también una responsabilidad frente al resto de compatriotas. Y un Gobierno que, sin abandonar la firmeza, apueste por la concertación y el control efectivo de los mercados para evitar la especulación.

Cada paro nacional deja cicatrices.

La mayor de todas es la sensación de que Ecuador se divide entre bandos irreconciliables. Pero si algo ha demostrado la historia, es que ningún país progresa si se queda atrapado en sus fracturas.

El reto hoy no es ganar la disputa política del momento, sino sostener la idea de un Ecuador que se reconozca en su pluralidad y que pueda caminar hacia el futuro sin volver siempre al mismo punto de quiebre.


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