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El valle del amanecer hostigado

Written by on 09/29/2025

Otavalo, El Valle del Amanecer, era una ciudad pequeña, protegida por centinelas gigantes: el majestuoso Cotacahi, el colosal Imbabura, el curioso Mojanda que espía, desde sus alturas, a las torres de las iglesias de la capital, las pintorescas lomas de Cotama, Quichinche y Rey Loma. Sus calles empedradas, limitadas a los lados por veredas embaldosadas, constituían los cinturones que unían a las casas que lucían amplios portones de madera tallada, que ocultaban corredores que culminaban en patios con jardines centrales que precedían a huertos y frutales. La tierra fértil se engalanaba con hermosos parques y una frondosa naturaleza. El campo amplio, que se extiende fuera de la ciudad, estaba cubierto por cultivos de los más variados productos.  

La ciudad era habitada por blancos y mestizos, los indígenas se dedicaban a las labores agrícolas del campo y a la elaboración de tejidos, telas y típicas prendas de vestir. La vistosa artesanía atraía a turistas nacionales y extranjeros. Poco a poco la comercialización de estos productos emergió al exterior y la economía de los laboriosos aborígenes mejoró tanto, que adquirieron progresivamente las casas del centro de la ciudad, en tanto que los antiguos propietarios construyeron nuevos barrios en la periferia o se trasladaron a diferentes lares. En la actualidad hay muchos indígenas prósperos, propietarios de edificios, grandes almacenes de todo tipo, importadoras de hilos y telas, ferreterías, restaurantes y un sin número de cooperativas de ahorro y crédito. Se ha producido la transformación del lugar de ensueño a un extenso centro comercial. Esa prosperidad explosiva debe ser   transparente y sumarse al desarrollo nacional mediante la retribución al Estado de los impuestos que son obligatorios para todos los ecuatorianos.  

La convivencia pluri-racial era pacífica, pero conforme crecían las comunidades, en su mayoría pobres, sin servicios básicos, abandonadas tanto por sus enriquecidos dirigentes, cuanto por los exitosos comerciantes de su raza y sin las comodidades, que tampoco el Estado ha podido dotarles, recibían, a cambio, adoctrinamiento de odio y de venganza; por parte de sus acomplejados líderes, enriquecidos con cuantiosos aportes internacionales de fundaciones empeñadas en mejorar el desarrollo social. Estos dirigentes, sedientos de poder y de dinero, utilizan a la masa humana menesterosa como elementos agitadores en los levantamientos y protestas. Al indígena que se niega a participar en las marchas, le sancionan con multas que oscilan entre 20 y 40 dólares y les cortan el suministro de agua.  

La economía del país está afectada por múltiples causas, entre ellas, el contrabando de nuestro combustible subsidiado a los países vecinos que lo distribuyen a precios más altos. También las empresas mineras ilegales aprovechan el valor bajo del hidrocarburo y lo utilizan en grandes cantidades, al igual los buques de alto calado y que las naves que transportan drogas. La gente pobre no usa diesel y era perjudicada pues el dinero con el que lo subsidiaba el Estado, servirá para mejorar la salud, la educación y la seguridad de todos los ciudadanos.  

La conjunción de malhechores: contrabandistas, mineros ilegales, narcotraficantes y políticos inescrupulosos, que se sienten perjudicados con la supresión del subsidio al diesel y su venta a precio real, son los financistas e impulsores de estas protestas que cada día originan ingentes pérdidas al tesoro nacional. 

La inseguridad, que acosa al país, se acrecienta con estas manifestaciones “pacíficas” en las que aparecen extranjeros con escudos y bazucas artesanales, para atacar a las fuerzas del orden y a los ciudadanos, actúan monstruos que incendian un cuartel de la policía judicial, queman varios vehículos, destruyen alimentos que estaban destinados a los mercados citadinos e intentan derribar a un helicóptero del ejército. 

La otrora Otavalo, ciudad de encanto, es hoy, y ha sido, en las protestas anteriores, ciudad del terror. Está invadida de estos manifestantes que, en grupos de 20 o 30 personas, ordenan cerrar almacenes y tiendas, si no lo hacen, amenazan con saquear los locales. Caminan armados de lanzas con las que rompen las llantas de cuanto vehículo encuentran, estacionado o movilizado. Si alguna persona expresa su desacuerdo con el paro, le insultan, atacan y amenazan con someterla a la justicia indígena, en franca violación de leyes y derechos. 

El Presidente Noboa ha declarado la guerra a las bandas terroristas. Las protestas pacíficas no son tales, constituyen actos terroristas. Los habitantes de Otavalo claman, con urgencia, por la presencia de policías y militares, que frenen estas permanentes escenas de pánico. Los dirigentes indígenas, que amenazan con detener la explotación de petróleo, que consideran a los ecuatorianos como sus enemigos y que ordenan la suspensión del transporte de alimentos a las ciudades, están en guerra, no es justo que toda una población sea un objetivo desprotegido ante la crueldad y la barbarie de estos verdaderos terroristas. El gobierno debería ofrecer recompensas por la información que permita identificar y castigar a los mercenarios extranjeros y enfrentar  con decisión y firmeza esta guerra, que ocasiona multimillonarias pérdidas de dinero a nuestro necesitado país.


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