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La infamia como método de combate ( bullying político)

Written by on 04/26/2026

En toda democracia digna, la crítica justa al adversario cumple una función positiva, esto es, examina, contradice, denuncia y obliga a rendir cuentas. Pero cuando la crítica deja de buscar la verdad y empieza a organizarse para degradar, intimidar y destruir, ya no estamos ante un ejercicio sano de deliberación pública, sino ante una infortunada forma de guerra política. Ese fenómeno, hoy amplificado por las redes sociales y más que nunca utilizado en tiempo de campaña y elecciones, independientemente de la bandera política, merece ser nombrado con precisión: bullying político.

Consiste en convertir el espacio digital en un mecanismo de hostigamiento sistemático contra el rival. No busca refutar sus ideas, sino erosionar su reputación. No persigue esclarecer hechos, sino instalar percepciones, sembrar dudas e intrigas. Opera, normalmente bajo la sombra y la cobardía del anonimato, mediante trolls, cuentas falsas, operadores disfrazados de espontaneidad y militancias que han sustituido el razonamiento por el acoso. A veces parte de hechos ciertos, pero expuestos de manera malintencionada, desproporcionada o injusta. Otras veces, más grave aún, se construye sobre la mentira, la calumnia, la edición maliciosa, el rumor y la insidia. En ambos casos la lógica es la misma, esto es,  obtener una ventaja política pero de manera  fraudulenta, fabricando una condena social antes de que exista un juicio moral serio.

Lo preocupante es que esta práctica suele presentarse como una forma “legítima” de combate. Se la disfraza de fiscalización, de militancia ardorosa o de defensa de una causa superior. Pero la democracia no consiste en aniquilar al contradictor, sino en confrontarlo dentro de ciertos límites. Hay una diferencia esencial entre la denuncia responsable y la cacería digital; entre la severidad republicana y la sevicia organizada; entre el control del poder y el linchamiento de la persona.

El bullying político envilece todo lo que  toca, manipula, desinforma y desorienta. Envilece al agresor, que se acostumbra a mentir o deformar sin pudor. Envilece al espectador, que termina consumiendo odio como si fuese información. Y envilece al sistema, porque desplaza el debate de ideas y lo reemplaza por una competencia de destrucción reputacional. En ese ecosistema, la verdad importa menos que la viralidad; la prueba menos que la sospecha; la razón menos que el algoritmo. La política deja entonces de orientarse por argumentos y empieza a regirse por reflejos primarios, esto es,  humillar, amplificar, triturar.

No es un fenómeno inocuo o inofensivo. Produce miedo. Expulsa de la vida pública a personas valiosas y serias que no están dispuestas a someter a sus familias a la ferocidad digital. Premia, en cambio, a los más inescrupulosos, a los más estridentes, a los que entienden que una mentira repetida con disciplina puede resultar más rentable que una verdad dicha con mesura. Así se empobrece la democracia, no solo por lo que se dice, sino por la clase de personas de bien que, deciden mejor  callar o retirarse.

Lo peor es la naturalización y la normalización. Hay sectores que ya no consideran vergonzoso operar con granjas de odio, campañas de difamación o ejércitos de cuentas coordinadas. Lo miran como parte “normal” del oficio político. Y, sin embargo, una república que admite la infamia como método termina convirtiendo la vileza en costumbre y en poderosa arma que a la honra desarma. Quien hoy celebra esa maquinaria porque sirve a su bando, mañana descubrirá que ha contribuido a legitimar el arma que luego se volverá contra él y contra todos.

La política necesita firmeza, sí, pero también claridad y decencia. Necesita controversia, no podredumbre. Necesita opositores, no enemigos a ser exterminados civilmente. Cuando las redes son usadas para arrasar honras, deformar verdades y fabricar culpables de ocasión, la democracia no se fortalece,  se corrompe. Y cuando la infamia deja de ser una excepción vergonzosa para convertirse en un método aceptado de combate, lo que está en crisis no es solo la ética de ciertos actores, sino la salud moral del sistema entero.


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