Blanco o Negro
Written by danilo_3re2RJc on 11/02/2025
El Ecuador salió del último paro indígena más dividido que antes. La escena política se reordenó en dos orillas, que se miran con recelo: los que orbitan alrededor del gobierno y los que siguen aferrados al correísmo. Cada bando cree ver, desde su ribera, la parte pura de la historia. Lo que no encaja con su relato se vuelve sospechoso o enemigo. Esa fractura no es solo institucional y social: es mental. Es la consagración del fanatismo, “esa fiebre del espíritu” que, como advirtió Voltaire, “es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre”: una exaltación que ya no razona.
Quizás somos muchos los que, sin darnos cuenta, evaluamos la realidad en blanco y negro. En cafés, chats y sobremesas aceptamos, casi sin examen, lo que confirma nuestra tribu; lo demás se descarta como sospechoso. Una parte de nuestro debate público se volvió una prueba de lealtad. En vez de argumentos, pedimos credenciales; en vez de hechos, consignas. Ese reflejo binario (blanco o negro) empobrece la conversación pública, erosiona el razonamiento y la profundidad, asfixiando los matices, debilitando la democracia. Conviene recordar una obviedad: la naturaleza humana es imperfecta. Y, por supuesto, también lo es – sin duda – la política.
Tomar distancia del fanatismo no equivale ni pretende quedar bien con todos; significa sostener principios no negociables: legalidad, Libertad, dignidad, responsabilidad gubernamental; y, desde allí, ponderar con rigor los aciertos y lo objetable de cada actor. En tiempos inciertos proliferan tentaciones simétricas: el poder que se blinda en nombre de la “eficacia” y la oposición que absolutiza su propia “virtud”. Ninguna de las dos resuelve lo esencial: el gobierno democrático de turno exige límites, rendición de cuentas y políticas transparentes. Por eso conviene recuperar una virtud olvidada: la mesura. No es tibieza; es disciplina para sopesar efectos y límites antes de gritar consignas. La mesura obliga a pedir evidencias, a distinguir causas de consecuencias y a reconocer que, en política, casi todos los fines loables pueden naufragar si se adoptan con medios equivocados.
Tomar distancia del fanatismo no implica neutralidad ni diplomacia vacía: significa afirmar principios no negociables, y tampoco puede significar posiciones eclécticas, o renunciar al criterio político propio; y mucho menos (en mi caso por lo menos aunque parezca contradictorio con el sentido de la presente columna) avalar caminos políticos como el socialismo del siglo XXI; sino más bien, ver la realidad política con la mayor objetividad posible, reconociendo los méritos y observando los elementos cuestionables, apartados de las simpatías o conveniencias o cegados por el miedo al retorno de oscuros personajes.
En realidad (aparte de los principios inmutables) no hay verdades absolutas y eternas ni todo está escrito en piedra, por consiguiente vale – con recta intención – cuestionar, dudar, así cómo entender y aceptar que las circunstancias pueden delatar o las perspectivas o el tiempo pueden coadyuvar que la sincera reflexión encuentre nuevos matices de entendimiento y comprensión, en los que los insumos no sea la narrativa ni la propaganda, sino exclusivamente la anhelada verdad…