Ídolos de la farándula
Written by danilo_3re2RJc on 11/11/2025
Farándula y comunicación mediática (profusión de transmisores de los quehaceres humanos: prensa, radio, televisión –aún sobrevivientes–, y redes y plataformas de la era digital bajo cuyo dominio vivimos alucinados) fundan una entidad indisoluble, sustento de multitudes cuando se trata de presentaciones de figuras icónicas del entretenimiento: desahogo y obnubilación.
Alborozo. Risas y lágrimas. Estropicio de corazones. Euforia que germina olvido de las zozobras humanas. Asirse a alguien o a algo ha sido y será recurso inherente al ser para mitigar sus aflicciones y carencias, desde las más triviales hasta las más profundas.
Los humanos necesitamos “héroes”
Los ídolos de la farándula –venerados, sacralizados deificados– recorren el mundo acompañados de colaboradores, bailarines, músicos, productores, dobles, prodigando horas de hechizante esparcimiento, según su renombre, y son tales sus sofisticados requerimientos, que suelen aparecer solo en países ricos. Ellos, los ídolos, deslumbran y subyugan, y dan tema para hablar durante semanas. La presentación de una diva o un divo enhebra reuniones inacabables, donde se luce más quien más sabe de su vida y milagros.
Espectáculos faranduleros hay para todos los gustos y economías, pero ver y escuchar en persona a sus deidades es privilegio de los todopoderosos, aunque también de numerosos pater familias de modestos recursos que inventan formas para sufragar los inaccesibles precios de ingreso a esos cosmos celestiales (adelantos, préstamos o quién sabe qué milagrerías). Los demás, que son mayorías, apenas pueden con el hambre y el frío.
El universo de las estrellas embelesa y subyuga. Se lo contempla como algo lejano pero tangible y posible. Millones de niños y adolescentes en el mundo –según un diario español– darían su vida por ser Ronaldo o Messi. Y a menudo –agrego– se comenta que solamente en cierto país los astros del baloncesto y del fútbol americano superan las fortunas de aquellos. Dinero fácil, riqueza sin límites: único horizonte de buena parte de las generaciones Z y Alfa.
Nuestra especie necesita héroes. Héroes que simbolicen sabiduría, poder, fortaleza, éxito… que edifiquen una galería de protectores para nuestro desvalimiento. Esos ejemplares ofrecen los relatores de nuestro tiempo: los medios.
Fanáticos de los grandes espectáculos crean un mito de aquello por lo cual apergaminados intelectuales fruncen sus narices porque consideran que son trivialidades dignas del “vulgo”, ignorando –o a sabiendas– que en sus entornos sus vástagos se las ingenian para acudir a esos eventos, porque en ellos dan rienda suelta a sus refinadas adicciones.
Los padres ejemplares se desahogan vertiendo veneno sobre las estrellas de las cuales sus hijos son fanáticos irredentos. Egos inflados y méritos evaporados, guardianes del resentimiento, gerentes de la pobreza, charlatanes de oficio, desde los púlpitos de sus sectas, ciertos trasnochados “pastores” reniegan de las celebridades, sin lograr el más nimio triunfo con sus peroratas.
La vida se relata, esa es la gran oferta de la cultura mediática. ¿Se debe menospreciar a la farándula? Hija de los medios de difusión, es cultura de masas tramada por el mercado, la política, el poder en todas sus expresiones. La farándula está ahí, ante nosotros, tangible, viva, y es necesario estudiarla.
La farándula instaura escenarios de encantamiento: cuerpos que embelesan, resueltos en imágenes dispuestas a devorar a quienes los contemplan. Figuras que se impregnan rutilantes en la memoria de quienes logran contemplarlas en vivo, sea desde un graderío lejano o de palcos y plateas.
La farándula es escapismo y sucedáneo de lo que no pudo ser. Entretenimiento frente a las turbulencias de la vida diaria. Mercancía. Pero, ¿vale la pena repensar su lógica y denostar a la industria cultural, si aquello que parece declinación de la cultura no es en esencia su propio modo de retorno? Es imperativo reflexionar sobre lo popular en la cultura no como su degradación, sino como experiencia social.
En este tiempo se ha suscitado un memorable gentío en pos de una estrella por nuestros lares. Millares de mujeres y hombres, migrantes y extranjeros han derrochado –o vendido el alma al diablo– con tal de verla. Celebración de la corporalidad y el ritmo, burbuja bruñida en purpurinas, aroma de “esa cierta manera” de llevar el cuerpo caribeño que llamó Antonio Benítez Rojo (1989), ella en carne y hueso estará ante sus fanáticos durante tres eternos días.
Laten desquiciados los corazones de quienes lograron entrar al espectáculo. Algún día contarán la hazaña de haber visto en persona a quien un Nobel de Literatura pidió que compusiera e interpretara canciones para un filme inspirado en una de sus novelas. Entonces recordarán el tibio dolor de una lágrima deslizándose en silencio sobre los pliegues de su rostro.