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Las mujeres que están cambiando el Ecuador (aunque la historia no siempre lo cuente)

Written by on 03/08/2026

Durante siglos se pidió a las mujeres que guardaran silencio. Esto no fue solo una costumbre social: fue una norma cultural que se repitió durante generaciones y que definió quién podía hablar, decidir y participar en la vida pública. Hace poco escuché una frase que me hizo reflexionar: si eres mujer y has logrado algo, probablemente eres la primera en tu linaje en hacerlo dentro de un sistema que no fue diseñado para ti. Puede parecer una afirmación exagerada, pero basta revisar la historia para comprender que el silencio femenino no ha sido casual.

Durante siglos, estas ideas también se reforzaron desde la religión. En la Primera Carta a Timoteo, por ejemplo, se establece que la mujer debe aprender “en silencio y con toda sujeción”. Más allá del contexto histórico del texto, este tipo de interpretaciones influyó durante generaciones en la manera en que muchas sociedades entendieron el papel de las mujeres, que se limitaba a su participación en los espacios de decisión, conocimiento y liderazgo.

La historiadora Michelle Perrot habla de los “silencios de la historia”. No se refiere a la ausencia de mujeres en los procesos históricos, sino a las relaciones de poder que determinan qué se recuerda y qué se olvida. La historia oficial suele registrar batallas, héroes y fechas memorables, pero rara vez menciona a quienes sostuvieron la vida cotidiana mientras esos acontecimientos ocurrían. En Guayaquil, más de dos siglos después de la independencia del 9 de octubre de 1820, muchos nombres de mujeres que participaron activamente en ese proceso siguen siendo poco conocidos. Mientras los hombres marchaban a la guerra, muchas administraban haciendas, sostenían negocios familiares y mantenían la economía local en funcionamiento.

Ese patrón de invisibilidad no pertenece únicamente al pasado. Algo similar ocurre hoy en territorios que conocemos bien. Galápagos es uno de los lugares más estudiados científicamente del planeta. Miles de investigaciones describen su biodiversidad y su importancia para la ciencia. Sin embargo, mucho menos se habla de la vida social del archipiélago. Tuve la oportunidad de vivir allí como voluntaria del Parque Nacional Galápagos, experiencia que me permitió observar de cerca la dinámica de sus comunidades. Detrás de la imagen turística existe una sociedad que sostiene la vida cotidiana del territorio, y en ella las mujeres cumplen un papel fundamental.

El silencio también tiene una dimensión económica más amplia. En Ecuador, las mujeres dedican en promedio tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado. Además, una proporción significativa de ellas trabaja en condiciones de informalidad o con acceso limitado a financiamiento y oportunidades productivas. A pesar de estas limitaciones, muchas sostienen economías familiares completas y crean redes comunitarias que permiten que territorios enteros sigan funcionando.

En sectores como el turismo, esto se observa con claridad. Muchas mujeres administran hostales, organizan experiencias gastronómicas, coordinan iniciativas comunitarias o participan en proyectos vinculados al patrimonio cultural y natural. A esta combinación de actividades se la conoce en economía territorial como pluriactividad, y es una característica frecuente en territorios rurales, insulares o turísticos. Gracias a esa capacidad de diversificar ingresos, muchas familias logran adaptarse a la estacionalidad del turismo y a la incertidumbre económica. Sin embargo, este aporte rara vez aparece en los análisis sobre desarrollo o conservación.

Según un informe regional publicado en 2024 por UN Tourism en colaboración con UN Women, las mujeres representan cerca del 50 % de la fuerza laboral del turismo en América Latina y el Caribe. Sin embargo, siguen estando subrepresentadas en los espacios de toma de decisiones dentro del sector.

Mi propia trayectoria también refleja algunas de estas tensiones. Comencé a estudiar turismo en 2007 en la Escuela Superior Politécnica del Litoral. En aquel momento, algunos compañeros no creían que una mujer pudiera destacar en ciertos espacios del sector. Con el tiempo tuve la oportunidad de ampliar mi formación académica en distintos países y estudiar desarrollo territorial y gestión de destinos turísticos sostenibles. Esas experiencias me permitieron entender mejor cómo funcionan los territorios y las comunidades.

Pero también me hicieron ver una realidad frecuente en América Latina: la preparación académica no siempre se traduce en estabilidad económica. En mercados laborales frágiles, incluso profesionales altamente formados enfrentan salarios bajos o trayectorias laborales fragmentadas. Aun así, muchas mujeres siguen apostando por la formación y el conocimiento, no solo como una herramienta personal, sino también como una forma de abrir camino para quienes vendrán después.

Actualmente, cada vez más mujeres están transformando el panorama en distintos ámbitos de la sociedad ecuatoriana. En la literatura, escritoras como Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero han llevado la narrativa ecuatoriana a lectores de todo el mundo. En el cine, directoras como Tania Hermida y Ana Cristina Barragán han abierto nuevas miradas sobre el país, explorando historias íntimas y sociales que amplían la representación cultural del Ecuador.

También existen liderazgos que conectan territorio, naturaleza y turismo. La alpinista Paulina Aulestia abrió camino en el montañismo ecuatoriano, demostrando que la exploración y la aventura también forman parte de la historia femenina del país. Desde la Amazonía, voces jóvenes como la de Helena Gualinga han llevado al escenario internacional la defensa del territorio, el clima y los derechos de los pueblos indígenas.

En el ámbito del desarrollo turístico y comunitario destacan iniciativas impulsadas por mujeres como Paola Gálvez, por quien comencé a estudiar turismo; Fanny Condo y Paulina León, en gestión turística; Melissa Zanahuano, en regulación turística; Isabel Cando, desde la Fundación Coastman; y María Augusta León, en la Cámara de Turismo de Ibarra, quienes trabajan por fortalecer economías locales vinculadas al turismo sostenible y al desarrollo territorial.

En el campo académico y de formación profesional, el liderazgo femenino también se vuelve cada vez más visible dentro del sector turístico. Profesionales como Carla Ricaurte, en la ESPOL; Alba Caicedo, en la Universidad de Guayaquil; Romina Sánchez y Jazmín Peñafiel, en la UNEMI; y Mellisa Rodríguez, en el Tecnológico Universitario Rumiñahui, contribuyen a formar nuevas generaciones de especialistas en turismo, planificación territorial y gestión de destinos.

El liderazgo femenino también se ha expresado en la promoción cultural y turística del país. Durante más de dos décadas, Gloria Gallardo Zavala se convirtió en una de las figuras más visibles de Guayaquil, impulsando eventos, festivales y estrategias de promoción que transformaron la imagen de la ciudad y fortalecieron su identidad cultural.

Reconocer estos nombres y sus historias no es solo un gesto de justicia con el pasado. También es una forma de reconocimiento. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo sea justamente ese: seguir abriendo puertas, entender de dónde vienen esos silencios y por qué existieron, y permitir que nuevas voces ocupen espacios que antes parecían inaccesibles.


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