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Los niños, secuestrados en la lógica de la guerra

Written by on 03/30/2026

La guerra siempre ha sido el límite moral de las sociedades. Pero incluso en ese terreno extremo existen fronteras que no deberían traspasarse. El reclutamiento de menores de edad es una de ellas. Y hoy, según reportes recientes, esa línea comienza a desdibujarse en Irán.

El régimen iraní ha activado una campaña de movilización masiva bajo el lema “Por Irán”, en medio de la tensión con Estados Unidos y los ataques en la región. La urgencia es evidente: más de un millón de combatientes han sido movilizados, entre fuerzas activas, reservistas y milicias como el Basij. Sin embargo, lo alarmante no es la decisión de ampliar su base de reclutamiento, sino incluir a voluntarios desde los 12 años.

‘En un escenario de conflicto activo, cualquier rol puede convertirse en exposición directa al riesgo. Del mismo modo, un bombardeo que alcanza infraestructura civil no puede ser relativizado bajo la lógica de la presión militar’.

El argumento oficial apela al patriotismo. Se afirma que niños de 12 y 13 años “quieren participar”. Se les asignarían tareas de recopilación de datos de seguridad y patrullaje. Pero detrás de ese discurso se esconde una realidad inquietante: la normalización de la infancia como recurso estratégico en un escenario de guerra.

El contexto explica, pero no justifica. Irán enfrenta ataques a infraestructura clave, como plantas siderúrgicas que representan el 70% de su producción de acero; así como sanciones que han limitado sus ingresos petroleros y una narrativa constante de amenaza externa. En ese marco, la propaganda bélica se intensifica y el reclutamiento se amplía. La ecuación es directa: a mayor presión, mayor necesidad de cuerpos.

Pero aquí aparece una dimensión que no puede ser ignorada. La discusión sobre la protección de los niños en contextos de guerra no es selectiva ni unilateral. No basta con cuestionar el reclutamiento de menores si, al mismo tiempo, se omite el impacto de las operaciones militares sobre la población civil.

Las denuncias sobre ataques a objetivos civiles, incluidas escuelas, en Irán o Líbano introducen un elemento igual de perturbador. Si los menores son expuestos como actores del conflicto desde un lado, también lo son como víctimas desde el otro. Y en ambos casos, el resultado es el mismo: los niños quedan secuestrados en la lógica de la guerra.

La responsabilidad, por tanto, no es exclusiva. Por una parte, hay un estado que incorpora menores a su estructura de defensa y erosiona un principio básico de protección. Y por el otro, hay una fuerza que ejecuta ataques sin garantizar la distinción entre objetivos militares y civiles vulnera ese mismo principio desde otra vía.

La línea es clara: los niños no deben estar en la guerra, ni como combatientes ni como estadística de los daños colaterales.

Porque incluso si se argumenta que las tareas asignadas a los menores son “auxiliares”, la frontera es frágil. En un escenario de conflicto activo, cualquier rol puede convertirse en exposición directa al riesgo. Del mismo modo, un bombardeo que alcanza infraestructura civil no puede ser relativizado bajo la lógica de la presión militar.

La infancia no puede convertirse en una zona gris del conflicto. No puede ser utilizada como recurso ni asumida como consecuencia inevitable.

Este punto es crucial para entender la gravedad del momento. Cuando un conflicto empieza a diluir las fronteras entre combatiente y civil, entre adulto y menor, deja de ser solo una disputa territorial o política. Se convierte en una crisis de principios.

Y esa es la alerta de fondo. No se trata solo de lo que ocurre en Irán o en sus fronteras. Se trata de una deriva peligrosa en la forma en que se conciben los límites de la guerra.

Porque cuando los niños entran en la ecuación, ya sea con uniforme o bajo los escombros, la guerra deja de ser solo un conflicto entre Estados. Se convierte en una derrota compartida.


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