EE.UU.- Irán: dialogar incluso cuando no hay acuerdo
Written by danilo_3re2RJc on 04/13/2026
El resultado puede parecer insuficiente: Estados Unidos y Irán se sentaron a negociar durante 21 horas y no lograron un acuerdo. Sin embargo, reducir ese hecho a un fracaso sería una lectura simplista, y peligrosa, de la política internacional. En realidad, lo que ocurrió en Islamabad es algo más profundo: el diálogo, incluso sin resultados inmediatos, debe ser la premisa de estos dos países.
Durante 50 años, el silencio entre ambas potencias fue el lenguaje dominante. Ese silencio se ha roto. Que delegaciones de alto nivel se sienten a conversar no es un gesto menor, más allá de los resultados Es un acto político que desafía décadas de desconfianza. Y en la lógica de los conflictos prolongados, cada palabra intercambiada abala una posibilidad de paz.
‘La humanidad ha aprendido, con demasiados costos, que las medidas de fuerza pueden escalar con rapidez y no construyen soluciones duraderas. Por eso, incluso en medio de decisiones tensas, prevalece un consenso implícito: evitar que estas acciones deriven en una fractura irreversible que ponga en riesgo la paz global’.
El desacuerdo es evidente. Washington insiste en el “cero enriquecimiento” de uranio; Teherán defiende su derecho a desarrollar energía nuclear con fines pacíficos y exige el levantamiento de sanciones. Son posiciones estructurales, complejas de conciliar. Pero es precisamente en esos puntos de fricción donde el diálogo adquiere mayor valor. No se trata de eliminar las diferencias, sino de administrarlas sin que escalen hacia la confrontación.
Hay, además, un elemento que no puede pasar desapercibido: el impacto global de estas conversaciones. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, es un recordatorio de que este conflicto no es aislado. Cada tensión allí repercute en los mercados, en las economías y, en última instancia, en la vida cotidiana de millones de personas. La paz no es una abstracción, es una necesidad concreta.
En ese contexto, la decisión de Donald Trump de ordenar el bloqueo del estrecho de Ormuz tras la falta de acuerdo introduce un factor de presión adicional geopolítica. Sin embargo, ese gesto no debería ser una ruptura definitiva del camino diplomático. Por el contrario, el mundo insiste en preservar el diálogo como única vía viable. La humanidad ha aprendido, con demasiados costos, que las medidas de fuerza pueden escalar con rapidez y no construyen soluciones duraderas. Por eso, incluso en medio de decisiones tensas, prevalece un consenso implícito: evitar que estas acciones deriven en una fractura irreversible que ponga en riesgo la paz global.
Así, la mediación de Pakistán y el rol de su canciller Ishaq Dar adquieren relevancia. La diplomacia internacional no solo se construye entre antagonistas, sino también a través de terceros que facilitan puentes. La insistencia en mantener un alto el fuego, aunque sea temporal, y en sostener los canales abiertos, es una apuesta por la racionalidad en medio de la incertidumbre.
La historia reciente demuestra que los acuerdos duraderos no nacen de una sola reunión, sino de procesos largos, a veces frustrantes. El error está en exigir resultados inmediatos a conflictos que se han gestado durante décadas. La paz no es un evento; es un camino. Y ese camino se recorre, necesariamente, con diálogo.
En tiempos donde la polarización parece imponerse como norma en la política internacional y también en la doméstica, insistir en conversar puede parecer ingenuo. No lo es. Es, más bien, un acto de responsabilidad. Porque cuando se abandona el diálogo, lo que queda es el terreno fértil para la escalada, el malentendido y, finalmente, la violencia.
Por eso, el verdadero mensaje de Islamabad no está en lo que no se logró, sino en lo que se evitó perder: la posibilidad de seguir hablando. Mientras esa puerta permanezca abierta, la paz, aunque lejana, sigue siendo posible. Y en el tablero global, esa posibilidad es demasiado valiosa como para dejarla escapar.