Adiós Otavalo
Written by danilo_3re2RJc on 10/19/2025
Hubo un tiempo en que Otavalo era sinónimo de cultura, arte y paz. Quienes recorríamos los caminos del turismo nacional sabíamos que este pequeño pueblo serrano era, junto con Baños de Agua Santa, uno de los dos grandes polos turísticos del Ecuador. Durante muchos años en Baños, lo consideramos nuestro principal complemento: los turistas que subían a Imbabura eran los mismos que llegaban a Tungurahua. La calidad humana de su gente, su música, sus tejidos y su serenidad eran una marca país.
Pero algo cambió
Desde hace más de una década, Otavalo ha venido cayendo en el olvido turístico. Las estadísticas y las sensaciones coinciden: cada año llegan menos visitantes, menos buses, menos cámaras fotográficas y menos risas de extranjeros paseando entre sus puestos de artesanías.
Lo que alguna vez fue una joya del turismo nacional, hoy parece un reflejo cansado, diluido en la Cascada de Peguche que ya nadie visita.
Las razones son muchas, pero la más evidente es la violencia indígena que ha estallado una y otra vez en la provincia de Imbabura. El reciente paro indígena evidencia una mutación monstruosa: bloqueos, retenciones y violencia desbordada se vivieron en las calles y carreteras que conducen a Otavalo y sus alrededores. Muchos ciudadanos quedaron prisioneros en su propia tierra, cercados por una violencia sin medida que los condenó al hambre y al miedo.
Y aunque nadie lo dice abiertamente, muchos lo sienten y lo ejecutan en silencio: han dejado y dejarán de ir a Otavalo. Ese flujo invisible de rechazo —más emocional que racional— ya estaba vaciando las plazas, los hoteles y los restaurantes. Duele reconocerlo, pero hoy Otavalo inspira más miedo que admiración, más cautela que curiosidad.
La imagen de aquel pueblo musical, de manos laboriosas y corazones pacíficos que recorrían el planeta y daban la bienvenida a jubilados de todo el mundo, no se corresponde con la brutalidad mostrada en estos días. Lo que antes fue orgullo cultural se ha contaminado de resentimiento, ira y una clara sensación de impunidad. Y el turista, que busca belleza y tranquilidad, no viaja hacia la incertidumbre.
Paradójicamente, Otavalo e Imbabura siguen mostrando signos de prosperidad económica: vehículos de lujo, nuevas construcciones, dinero circulando muy rápido. Pero no proviene del turismo. Hace ya varios años que los ingresos tradicionales fueron reemplazados por otras fuentes, algunas de ellas ligadas a la minería ilegal.
No es casual que los mismos sectores que más rechazan la presencia de las Fuerzas Armadas y el control del Estado, sean aquellos donde esta nueva economía subterránea florece de la mano de grupos terroristas. La violencia no es política: es económica.
El Otavalo turístico ha muerto o agoniza
Su belleza natural sigue ahí, su clima sigue siendo amable y su historia aún emociona. Pero la confianza se rompió y reconstruirla tomará mucho más que festivales musicales o ferias folclóricas.
Hoy solo queda despedirnos con nostalgia de aquel pueblo que enseñó al mundo que se puede ser fuerte, sin ser violento, orgulloso, sin ser agresivo y a migrar con orgullo e identidad.
Mientras tanto, adiós Otavalo.