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Autismo y TDAH: entender antes de etiquetar

Written by on 03/14/2026

En los últimos años, una pregunta se repite en conversaciones familiares, en escuelas y en redes sociales: ¿por qué ahora hay tantos niños con autismo o con TDAH?, ¿antes no existían?, ¿algo está pasando?, ¿es culpa de la tecnología, de la alimentación, de la crianza?

La respuesta no es simple, pero sí es importante abordarla con calma y responsabilidad, porque detrás de cada diagnóstico hay un niño y una familia que necesitan comprensión y no estigmatización, ni susto, ni juicios.

Primero, algo fundamental: el autismo y el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad no son etiquetas inventadas para justificar conductas, son condiciones del neurodesarrollo que han existido siempre; lo que ha cambiado es nuestra capacidad para identificarlas, nombrarlas y acompañarlas.

Hace décadas, muchos niños con autismo leve simplemente eran considerados “raros”, “solitarios” o “poco sociables”, y muchos niños con TDAH eran vistos como “inquietos”, “malcriados” o “desobedientes”, sin que nadie entendiera que había una base neurobiológica detrás de esas conductas. Hoy existe mayor conocimiento, más herramientas diagnósticas y mayor sensibilización social, lo que permite detectar casos que antes pasaban desapercibidos.

Entonces, ¿hay más casos o los estamos detectando mejor? Probablemente ambas cosas influyen, pero la evidencia sugiere que una parte importante del aumento en cifras se debe a mejores criterios diagnósticos, mayor acceso a evaluación y ampliación del espectro, especialmente en el caso del autismo, donde hoy se reconoce que no todos los niños presentan el mismo grado de afectación.

El autismo es un espectro, lo que significa que puede manifestarse de formas muy distintas. Algunos niños presentan dificultades marcadas en comunicación e interacción social desde edades tempranas; otros tienen lenguaje adecuado, pero muestran dificultades para comprender normas sociales, interpretar gestos o adaptarse a cambios. No es una sola presentación y por eso muchas veces el diagnóstico puede tardar.

El TDAH, por su parte, no se reduce a “no poner atención”; implica dificultades persistentes en regulación de la atención, control de impulsos y nivel de actividad, en un grado que interfiere con la vida escolar, familiar y social. Todos los niños pueden distraerse o ser inquietos en algún momento, pero en el TDAH esas conductas son constantes, intensas y desproporcionadas para la edad.

Un punto clave es evitar la etiqueta rápida; no todo niño callado es autista, no todo niño inquieto tiene TDAH, la infancia es diversa y el desarrollo no es idéntico en todos, pero tampoco debemos minimizar señales que se repiten y generan dificultades reales.

Entre las señales que merecen atención en edades tempranas están la ausencia de contacto visual sostenido, falta de respuesta al nombre, poco interés en interactuar con otros niños, retraso en el lenguaje, conductas repetitivas marcadas o resistencia extrema a cambios en el caso del autismo; en el caso del TDAH, dificultad persistente para mantener la atención en tareas acordes a la edad, impulsividad constante, dificultad para esperar turnos y una inquietud motora que supera lo esperado para su etapa de desarrollo.

Hablar de estas condiciones no debería generar miedo, debería generar información y acción oportuna, porque la detección temprana permite intervenciones que mejoran significativamente la calidad de vida del niño y su entorno.

También es importante aclarar que ni el autismo ni el TDAH son resultado de “mala crianza”, tampoco son consecuencia de falta de disciplina o exceso de cariño. Son condiciones con bases neurobiológicas y componentes genéticos complejos; lo que sí influye es el entorno en términos de apoyo, estimulación adecuada y acompañamiento.

Vivimos en una época en la que la información circula rápido y las opiniones también, pero en temas de neurodesarrollo es necesario evitar extremos, ni negar lo que ocurre ni sobrediagnosticar cualquier comportamiento diferente.

Entender antes de etiquetar significa observar con atención, consultar con profesionales cuando hay dudas y, sobre todo, mirar al niño más allá del diagnóstico, porque un diagnóstico no define a una persona, solo orienta la manera en que podemos acompañarla mejor.

La pregunta no debería ser si ahora hay “demasiados” niños con autismo o TDAH, la pregunta debería ser si estamos preparados como sociedad para comprender la diversidad del desarrollo infantil y ofrecer espacios más inclusivos.

Más que alarmarnos por las cifras, necesitamos informarnos, actuar con responsabilidad y recordar que detrás de cada palabra diagnóstica hay un niño que necesita comprensión, paciencia y oportunidades para el tratamiento con profesionales expertos.


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