Cuenca no puede resignarse a vivir con miedo e inseguridad
Written by danilo_3re2RJc on 10/22/2025
Cuenca siempre ha sido sinónimo de tranquilidad, de cultura y de una calidad de vida que la distinguía entre las ciudades de Ecuador; la inseguridad no era parte de su vida cotidiana. Su historia, su arquitectura y su entorno la convirtieron en un refugio para ecuatorianos y extranjeros que buscaban paz. Hoy, sin embargo, ese equilibrio se ve amenazado por una violencia que antes parecía ajena.
Cuenca necesita acciones firmes ahora, antes de que la violencia se vuelva parte de su rutina.
En apenas 10 días, seis personas fueron asesinadas en distintos puntos del cantón azuayo. La Policía sostiene que los crímenes están vinculados con una pugna interna del grupo de delincuencia organizada Los Lobos, tras la reciente sentencia a varios de sus líderes. Este tipo de disputas, que ya se han cobrado vidas en otras provincias, ahora tocan las puertas de una ciudad que no estaba acostumbrada a convivir con el miedo.
Cuenca no puede ni debe entrar en la lista de urbes asediadas por el crimen, como ya ocurre con Guayaquil, Manta o Machala, por mencionar algunas ciudades donde la violencia parece ser ya parte del paisaje. La experiencia de esos territorios demuestra que cuando las señales de alerta no son atendidas a tiempo, la violencia avanza con rapidez y las instituciones pierden el control.
El Municipio, la Gobernación, la Policía y el Ejecutivo tienen ahora la responsabilidad compartida de actuar con decisión y coordinación. Las reuniones del Consejo de Seguridad Ciudadana, la primera prevista para este miércoles 22 de octubre de 2025, deben traducirse en planes concretos, sostenibles y medibles, no solo en operativos temporales o discursos tranquilizadores.
La ciudadanía también tiene un papel clave. La confianza en las autoridades se construye con transparencia y resultados, pero la corresponsabilidad se mantiene con una comunidad vigilante, informada y colaborativa.
Cuenca merece seguir siendo una ciudad donde se viva con calma y seguridad para sus ciudadanos, libres de los alcances del crimen organizado. Evitar que la violencia eche raíces no solo es un deber del Estado: es una tarea colectiva para preservar el espíritu de una ciudad donde siempre se ha mantenido la convivencia pacífica.