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El otro costo del diésel: la fractura

Written by on 10/05/2025

El ajuste al diésel no solo movió precios: reabrió una grieta que venía de cerca. Dos relatos se miran frontalmente con sospecha: el del gobierno – y una parte de la sociedad – que afirma corregir – con razón –  una distorsión histórica; y el del movimiento indígena que siente – equivocadamente – otra vez que, el peso de la aritmética gubernamental cae particularmente sobre su espalda. Esa tensión, acumulada por años, ha madurado en resentimiento y ojalá no en odio. Y, el resentimiento, a diferencia del desacuerdo, no suma a un Ecuador mejor: paraliza y potencializa venganza.

Mientras discutimos el precio del galón, se nos va el país en posiciones. Para unos, el paro es chantaje; para otros, la eliminación del subsidio confirma un gobierno que no escucha. Dos formas de mirar el mismo asunto, chocan: “sostenibilidad” versus “reconocimiento”. Cuando la política se encierra en consignas, la calle reemplaza al argumento y el puente se quema antes de tenderse. Esa es la fractura: no solo económica, sino emocional y social. Y eso no se resuelve con planillas ni con furia, sino inteligentemente con diálogo y confianza.

El país necesita mover el eje del combustible a la convivencia. Si el precio se plebiscita como identidad, el ajuste quedará tatuado como agravio y el agravio se volverá bandera de resistencia y confrontación. Si, en cambio, el ahorro se convierte en acuerdo – medible, territorial y con rostro-, el conflicto pierde combustible político. No se trata de revertir la decisión, sino  de resignificar, esto es, dar un nuevo sentido, uno  diferente, interpretarlo desde una nueva perspectiva, a fin de sanar una herida que abierta afecta a todos con sus latentes efectos adversos.

Para aquello, tiene sentido la trazabilidad social del ahorro; un porcentaje del mismo se oriente a cantones con mayor pobreza rural, ya que justicia no es repartir sin más y peor por igual, sino asignar con sentido y prioridad, y también con responsabilidad del receptor. En este punto, es prudente tener presente que el origen y la esencia de la problemática es, el perjudicial paternalismo (Estado dador) y un cómodo receptor (ciudadano que se siente con derecho a recibir y exigir) generando una sociedad enferma; consecuentemente el paternalismo tampoco es la solución, sino brindar oportunidades, herramientas y educación, todo lo cual dentro de un ambiente de Libertad económica. ¿Qué se puede hacer mientras tanto? Apoyos temporales y georreferenciados. La ayuda amplia se filtra; la focalizada pacífica. Diálogo técnico con facilitación neutral; el diálogo sin agenda no es nada; con él, es ruta. Pacto de no agresión: protesta sí, bloqueo no. Garantías a la movilización pacífica y garantías a la libre circulación. La democracia soporta el grito, no la asfixia.

¿Tiene salida la problemática? Sí, si cambiamos el enfoque del conflicto: de castigo a contrato, de sospecha a verificación, de memoria de agravio a memoria de obras. La fractura puede volverse crónica si la alimentamos con el desprecio y la amenaza; puede empezar a cerrarse si el ajuste se convierte en oportunidades tangibles allí donde duele. El resentimiento es una emoción comprensible cuando se ha sido ignorado; pero es un pésimo programa cuando pretende imponer  por la fuerza a todos.

Un país no avanza bloqueado El reto es convertir una decisión impopular en parte aguas de madurez: menos subsidio a combustibles, más inversión con huella; menos épica de la calle, más ética del cumplimiento, esto es, entender y aceptar la medida en función del beneficio. Si los territorios ven el ahorro en su escuela, en su centro de salud, en su camino y en su seguridad, el precio del diésel dejará de ser afrenta y pasará a ser medio. Y entonces, sí, el conflicto habrá servido para algo: recordarnos que Ecuador no es un cuadrilátero, sino una comunidad que decide no romperse. Todo lo cual no significa ni implica por cierto, condonar sanciones a los responsables de los actos de violencia.

Una decisión económica reveló una herida social. El desafío no es el precio por galón, sino cómo transformar el ahorro en confianza y obras con rostro.-


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