Practicar la democracia cuando el poder parece eterno
Written by danilo_3re2RJc on 03/15/2026
La democracia empieza a deteriorarse cuando se confunde victoria con licencia abierta. Ganar una elección otorga autoridad para gobernar, no permiso para humillar o arrasar. El poder, por más sólido que parezca en el presente, es transitorio. La historia política nos enseña lo mismo una y otra vez; esto es que los cargos pasan, los aplausos se enfrían, las mayorías se desgastan y los liderazgos, si no conocen el límite, terminan devorados por su propia desmesura. Un claro y cercano ejemplo de aquello, es la tristemente célebre historia del intocable a la época, Rafael Correa. El poder es temporal, es efímero…, mientras que las consecuencias y responsabilidades de los excesos permanecen en el tiempo.
Para quienes amamos la Libertad, y creemos que el socialismo del siglo XXI ha sido devastador, debemos expresar nuestra voz en todo aquello que se le parezca de alguna u otra manera, por poco o mucho que sea y sea cual sea su bandera; ya que no se trata de atacar personas, sino de defender principios. Por eso la defensa de los pilares democráticos no puede depender del humor del gobernante de turno ni de la conveniencia de sus partidarios. Deben descansar en convicciones altas, tales como el respeto a la ley, la independencia de funciones, la libertad de expresión, los límites al poder y el sensato reconocimiento de la dignidad del adversario. La democracia no consiste solo en contar votos, sino en aceptar que incluso quien gana debe actuar dentro de la prudencia y de los límites institucionales. Allí se materializa la rectitud de intención.
La tentación autoritaria casi nunca se presenta con ruido, propaganda o con bombos y platillos. A veces llega envuelta en eficacia, en popularidad o en la promesa seductora de “hacer por fin lo necesario”. Y, en verdad, un país necesita decisión e incluso mucha firmeza para corregir rumbos, combatir la corrupción y enfrentar a los violentos. Pero la firmeza no debe ser entendida como arbitrariedad. Energía no es abuso. Mandar con equilibrio exige distinguir entre autoridad y capricho, entre liderazgo y culto personal, entre la urgencia de gobernar y la soberbia de creer que toda objeción es traición.
Quien ejerce el poder con recta intención entiende que su mandato es un encargo, un sagrado mandato y no un legado; es una responsabilidad y no un festín. Sabe que administrar el Estado implica cuidar instituciones que también deberán servir a quienes piensan distinto. Gobernar bien no es solo producir resultados; es producirlos sin destruir las reglas que hacen posible la convivencia civilizada. El atajo puede parecer eficaz en el corto plazo, en la errática perspectiva de la inmediatez, pero no necesariamente en el sano camino de la sensatez; ya que deja un precedente costoso en el sentido de que, si hoy se debilitan los contrapesos en nombre de una causa noble, mañana podrán debilitarse en nombre de una causa ruin.
También la ciudadanía tiene un deber en esta tarea. Las democracias no se pierden únicamente por exceso de ambición arriba, sino por exceso de indiferencia abajo. Cuando el ciudadano aplaude el abuso porque golpea al rival, renuncia a la protección que mañana podría necesitar para sí mismo y/o cercanos. Los principios valen justamente cuando incomodan; cuando obligan a defender garantías incluso para quien no simpatiza con nosotros. Ese es el precio de una verdadera república.
En política, la verdadera estatura no se revela cuando todo favorece, sino cuando existe la posibilidad real de abusar y, aun así, se elige la contención. Ese es el punto de equilibrio moral de la democracia, esto es, obligar al poderoso a recordar que no todo lo que se presenta como legal es legítimo, y que no todo lo posible es correcto. El gobernante prudente no sólo pregunta si puede, sino si debe…, ya que tiene claro que no existe honor cuando se patea al adversario en el piso.
Defender la democracia, entonces, es practicar la pedagogía del límite. Es recordar que nadie gobierna para siempre y que precisamente por eso debe gobernar con equilibrio y no por ello sin firmeza. La efimeridad del poder debería volver humilde al fuerte, prudente al victorioso y sensato al ambicioso. Cuando eso no ocurre, el deterioro institucional empieza mucho antes de que llegue la derrota electoral. Empieza el día en que el poder olvida que es pasajero y se comporta como si fuera dueño del destino común.