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Violencia en el fútbol refleja fracturas sociales en Latinoamérica

Written by on 08/22/2025

El fútbol es pasión, identidad, catarsis colectiva. Pero también es espejo, y lo que ocurre en las canchas y graderíos refleja, de manera cruda, síntomas profundos de nuestras sociedades. Esta última semana lo ha demostrado con una doble postal que merece reflexión: la violencia física desatada en Avellaneda, Argentina, y la violencia verbal registrada en Ecuador.

El 20 de agosto de 2025, en Avellaneda, durante un encuentro de la Copa Sudamericana entre Independiente y Universidad de Chile, los enfrentamientos entre hinchas dejaron heridos graves y detenidos.

La policía bonaerense tuvo que intervenir con gases lacrimógenos, y las imágenes recorrieron el continente como un recordatorio de que la paz en los estadios aún está lejos de alcanzarse. Los episodios de violencia futbolera, que parecían ser parte de un pasado que América Latina buscaba superar, siguen vigentes.

Un día antes, el 19 de agosto, en Quito, en otro partido de la Copa Sudamericana, esta vez entre Independiente del Valle y Mushuc Runa, la noticia no estuvo en el resultado deportivo, sino en las declaraciones posteriores.

La terna arbitral estuvo compuesta por mujeres, lo que debería haber sido un motivo de normalidad y de avance en la inclusión. Sin embargo, el entrenador de Mushuc Runa, Paúl Vélez, expresó: “Nos ponen a pitar, y lo digo con respeto, al sexo opuesto… No es que esté en contra de las mujeres, pero para torneos internacionales no estoy de acuerdo”.

El director deportivo, Renato Salas, fue más allá al preguntar: “¿Cómo le van a dar un partido masculino a una mujer? No es discriminación, pero una mujer va a sentir lo mismo que un hombre”. Aunque luego se disculpó públicamente, el daño ya estaba hecho.

¿Qué une estos dos episodios? La violencia. Una, indudablemente física, con puños, piedras y sangre. La otra, verbal, que aunque no deja heridas visibles, reproduce estereotipos que lesionan a toda una sociedad.

Porque el deporte, pensado siempre como espacio de paz y encuentro, termina mostrando los prejuicios, tensiones y odios que arrastramos. La cancha se convierte en un espejo incómodo.

Cuando un dirigente o un entrenador legitima con sus palabras la exclusión o la desigualdad, ¿qué pueden esperar de sus seguidores? La cultura futbolera tiene la capacidad de multiplicar mensajes en cuestión de horas, y lo que se normaliza en el estadio o en una rueda de prensa fácilmente se traslada a la calle, al trabajo, a la política. La violencia, sea física o verbal, se convierte en una pedagogía negativa.

La FIFA insiste en su lema de Fair Play desde 1993, con campañas que siguen vigentes en 2025, pero ese ideal parece morir en la práctica, entre los negocios y la falta de compromiso de algunos protagonistas.

Si en el deporte, que debería ser una escuela de respeto y convivencia, persisten el machismo, la xenofobia o la intolerancia, ¿cómo exigirle a la política que eleve el nivel del debate? ¿Cómo construir sociedades más democráticas si lo que se reproduce es la exclusión y la agresión?

Aquí resulta pertinente recordar a Thomas Hobbes, cuando en Leviatán (1651) advirtió que los derechos no son naturales, sino acuerdos sociales. Lo que hoy parece obvio —que las mujeres tienen derecho a ejercer en igualdad, que los hinchas pueden disfrutar sin miedo, que los jubilados o las personas con discapacidad deben ser protegidos— solo se sostiene si colectivamente lo defendemos. Si no, desaparece. Y cuando desaparece en algo tan cotidiano como un estadio de fútbol, se erosiona en la sociedad en general.

La violencia en los estadios y la violencia verbal en las declaraciones deportivas no son hechos aislados: son síntomas. Y como todo síntoma, nos advierten que algo está mal en el cuerpo social.

Ignorarlos sería irresponsable. No se trata solo de sancionar a hinchas violentos o de pedir disculpas por un comentario machista. Se trata de entender que cada acto, cada palabra, cada silencio, construye o destruye tejido social. Que el fútbol es más que fútbol: es un termómetro de lo que somos como sociedad.

En Avellaneda hubo sangre.

En Quito hubo frases que hieren. Ambas son señales de alerta. La reflexión es inevitable: ¿cómo queremos que evolucione nuestra sociedad si seguimos replicando violencia en lugar de aprender del respeto y la diversidad?

La respuesta no está solo en el fútbol, pero comienza por reconocer que lo que ocurre allí habla de todos nosotros.


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