Lo bello, lo feo y el miedo (II)
Written by danilo_3re2RJc on 06/03/2025
Duchamp aparece detrás de una cortina, ¿mirando, acechando? Medio cuerpo perfilado, rostro impasible, su mano derecha asida a la tela, la otra a la altura del pecho. Miro esa imagen y me invade la sensación de que el artista que cambió el destino de las artes visuales escudriñaba otra de sus travesuras.
Elusivo y burlón –pirueteaba en las entrevistas y en el arte–, con su urinario solo quiso mofarse de los dogmáticos de las artes, pero resultó que luego de un siglo de su exposición fue declarada la obra de arte más influyente del siglo XX. También pintó bigotes y perilla en una postal a la Gioconda –el cuadro más célebre de la historia–. El título a la izquierda: LHOOQ, 1918 (descifrado el francés, remite a una ninfómana).
Juego y escarnio. ¿El “apropiacionismo” (apoderarse de obras de otros) es un delito o una “acción artística”? Duchamp lo hizo con la obra de Leonardo. Lo cierto es que, después de ridiculizar a la Gioconda, difundió otras, entre ellas, una despojándola de bigote y barbilla, a la que bautizó L. H. O. O. Q. Afeitada.
“¡Qué feo!”, fue la exclamación más benigna que miles de observadores expresaron al ver las Giocondas barbudas. Sin embargo, él puso en el inmensurable tejido de la historia la gran interrogante: “¿Qué es el arte?”, y a partir de ese remezón, proliferaron proposiciones visuales que son verdaderos monumentos a la estupidez humana (o al desparpajo), pero también obras de excepcional contenido conceptual.
“El tiempo es el asesino en esta trama interminable”
Caca de elefante, 1998, artículo de Mario Vargas Llosa, en el que demuele la exposición Sensation de Chris Ofili (artista nigeriano que usa estiércol paquidérmico), presentada en la Royal Academy of Arts. Fernando Castro Flórez, en Estética de la crueldad, apabulla a Vargas Llosa por haber asumido pose de magister dixit en un campo que no era precisamente el suyo, el de las artes visuales.
¿Fue el asco pregonado por Kant y sus seguidores el que repelió Vargas Llosa al criticar a Ofili, quien quería exhibir sus raigalidades desde el arte? El asco no ha sido tratado con la atención que amerita. La neuroética lo ha asumido como asunto trascendente. No es algo solo fisiológico, es un trastorno confuso.
El asco pertenece al mundo de la repulsión, junto al odio y al miedo son parte de los afectos. Asco, odio y miedo son aversiones. Acicatean el deseo de apartarse de aquello que los generan. El miedo engendra huida, el asco vómito, el miedo parálisis. ¿Y la fealdad?, desagrado, fastidio. Es lo que sienten numerosos turistas y críticos frente a obras que a otros observadores seducen y obnubilan. Cabeza de Medusa de Rubens o La peste de Gaetano Zumbo…
Un lienzo de Luigi Stornaiolo. Causticidad, vitriolismo, inmolación de un grupo de artistas y diletantes que frecuentaba un café. Subyugante y bello. La mayoría de observadores, al verlo, repetía que sería imposible tener una obra así en sus casas. ¿Miedo? Emoción profunda. Respuesta fisiológica a una amenaza.
Nada perturba más que el miedo. Universal e instintivo, cautiva y paraliza. Asilo a veces, droga otras. La ciencia ha comprobado que la gente se detiene mucho más tiempo en la tercera tabla del Jardín de las delicias del Bosco –la del infierno–, que en la izquierda, la presentación de Eva, o en la central, la humanidad antes del diluvio, en gozosa celebración de la vida. Pero miedo en el arte sigue en vigencia.
Basement bunker de Paul McCarthy (1945). En un fondo azul se yergue un sótano de paredes constrictoras de azules leves, estridentes, metálicos. Sobre un piso pintado con la micción de un feto anciano de enorme cabeza rapada y pies calzados con zapatos consumidos, yace la criatura desnuda, ovillada, tapándose los oídos con sus manitas inocentes (¿?), apoyada su cabezota sobre sus famélicas rodillas.
Sartre dijo: “el infierno son los otros”. Es el infierno del siglo XX y XXI. A puerta cerrada. Una de sus obras de teatro. Inés dice que sabe por qué los han metido juntos en un cuarto. Alega que no hay tortura y, sin embargo, están en el infierno. Nadie va a venir, prosigue, no obstante, falta alguien: el verdugo. Bueno, continúa Inés, han economizado personal. Los mismos clientes se ocupan del servicio como en los restaurantes cooperativos. La otra mujer pregunta: ¿qué quieres decir? Inés responde: el verdugo es cada uno para los otros dos.
“Varias versiones se han realizado a raíz del infierno de Sartre, ninguna válida”, señaló Robert Hughes (Australia, 1938-2012). Quizás aún no sea tiempo para desentrañar la terrible representación del infierno sartreano: el ser humano es para su destrucción.
“Seguramente la Segunda Venida está cerca…/ cuando una vasta imagen del Spiritus Mundi/ perturba mi vista…/ cuerpo de león y cabeza de hombre,/ una mirada vacía y despiadada como el sol,/ mueve sus lentos muslos, mientras a su alrededor/ se tambalean las sombras de las indignadas aves del desierto”, Yeats.