Ramiro Jácome: caminos de un artista
Written by danilo_3re2RJc on 05/05/2026
Enjuto, esquivo, silencioso (como esos magros pero invencibles luchadores chinos), taciturno y obstinado zapador de sueños y utopías; del magma de su ser se desprendían su pasión, saberes, delirios y búsquedas sin reposo de la verdad del arte, de la historia y de la vida.
Ramiro Jácome (Quito, 1948-2001), su imagen pervivirá así: osada, irreverente, temeraria, encarnando a uno de los más sólidos y provocadores artistas visuales de los últimos decenios.
Jácome y su épica alucinada
Solía frecuentar con Ramiro el barrio de la Basílica. En una de esas casas, por esas escuálidas callejas, transcurrió su infancia. Me hablaba de su familia numerosa y de sus asombros infantiles. La sonrisa se le escurría en un vaho de nostalgia por su rostro cetrino, terso, y, con frases entrecortadas, deshilvanaba historias de carencias y soledades.
Poco pudo el tiempo con él en los treinta y más años que lo conocí, salvo por las ráfagas grises que cruzaron su pelo poco antes de su muerte. En cada encuentro, regresábamos a su taller para remirar el cúmulo de dibujos, grabados, serigrafías, tintas, pasteles, témperas, acrílicos, óleos apilados como testimonio de su incesante trabajo. Todo lo hacía con maestría y rigor. También dialogábamos sobre sus lecturas y travesuras literarias.
Hasta los quince años, ensayó sobre modelos de grandes maestros. A fines de los sesenta, en una imborrable presentación en la Galería Altamira, continuaba con este afán experimentalista. Jácome perseguía las huellas de Rembrandt y Goya, identificándolos con personajes evadidos de las noches quiteñas a quienes merodeaba con el afán de palpar sus tragedias para transmutarlas a su arte, muy lejos, por cierto, de la aberración del cartelismo político.
Identificados por ideales, sueños y una jovial bohemia, se juntaron Washington Iza, Nelson Román, José Unda y Ramiro Jácome; los cuatro, estudiantes de Bellas Artes. El abstracto pasó, coincidían. Ese discurso ya no bastaba para América Latina; apenas percibía lo humano, con esfuerzo se atisbaba en él la figura más bien escamoteada de mujeres y hombres evanescentes. La realidad es otra.
La pintura abstracta fue y seguirá siendo un magnífico fuego de artificio, sin embargo, la conflictividad de la época imponía un rescate de la figura humana. De este modo los cuatro inauguraron la neofiguración. La primera Bienal de Quito les concedió la razón. Se congregaron numerosos neofigurativos. No estaban solos. Una levadura consistente los consolidaba. El ambiente se oxigenó con las nuevas propuestas.
El tiempo fluye sin retornar a ver, somos nosotros quienes pasamos. Los cuatro articularon la resistencia a las grandes bienales internacionales, pues su consigna fue la de sofocar, mimetizar las auténticas expresiones “tercermundistas” y, gracias al señuelo del “premio”, seguir sumidos en la dependencia.
Formaron entonces el Antisalón frente al Municipio de Guayaquil. Su lenguaje violento, desacralizador, pero nuevo, fresco, airoso. La Revolución de las Flores del París de Mayo del 68 los señaló para siempre. Los Cuatro Mosqueteros “prometieron” morir antes que pintar obras complacientes, resueltas en la indefensión y el decorativismo.
En la inauguración de la Bienal de Guayaquil, los Cuatro Mosqueteros desfilaron por la 9 de Octubre conduciendo un brujo colosal para exorcizar sus maleficios, y halando un asno con la piel pintarrajeada con esmalte naranja, letreros en la frente y una carreta que divulgaba pancartas alusivas al siempre inasible tema del arte. El aplauso de los transeúntes fue su recompensa.
Los cuatro artistas se insuflaron de nuevos horizontes, dijeron no al sistema, sí a la resistencia como exaltación de la vida, pensando, discerniendo, tachando, padeciendo, amando. Cumplieron lo suyo… Ramiro fue el primero en partir.
En su obra existe un sesgo humorístico fulminante, vitriólico, a veces bárbaro, junto a un enceguecedor signo interrogativo sobre nuestra realidad social anclada en su desafortunado sentimiento de minusvalía. ¡Qué poco somos para conocer, amar y valorar lo nuestro!
La obra de Jácome fluye de las arterias de un artista dolido por su pueblo. Densa y lúcida. Trazos y manchas son más que señales en sus telas, expresan hondas ideaciones, sentimientos y sensaciones. Los espacios giran vibrantes, cruzan los espejos; las figuras grotescas, perturbadoras, sacuden y soliviantan.
Épica alucinada sobre una comarca congelada en el tiempo –la de nuestra América–, donde el histrionismo del poder político, la aculturación, la sumisión, las fruslerías sociales y los soponcios patrioteros son nutrientes cotidianos. La obra visual de Ramiro: monumento postulatorio, implacable y combativo.
Flamígera espada en mano, su figura quijotesca deambula por las noches del barrio de su vida: Quito, su matriz fragmentada en mil pedazos al antojo del poder.