Cartas a Quito / 6 de mayo de 2026
Written by danilo_3re2RJc on 05/06/2026
Santay: educar para conservar
Un humedal habitado requiere algo más que protección: exige educación, condiciones básicas y coherencia entre el discurso y la realidad.
La isla Santay es reconocida como un humedal de importancia internacional, un espacio donde la conservación de la biodiversidad convive con la vida de una comunidad que ha aprendido, por generaciones, a habitar su entorno. Este carácter de “humedal habitado” no es una debilidad del modelo, sino una de sus mayores fortalezas. Pero también plantea una responsabilidad que no siempre se asume con la misma claridad: la educación ambiental no puede ser un complemento, debe ser el eje.
En este contexto, resulta inevitable observar una contradicción que merece ser reflexionada. Mientras Santay es promovida como símbolo de sostenibilidad, su escuela ha enfrentado durante años la falta de acceso a electricidad y a conectividad a internet. No se trata únicamente de condiciones materiales; se trata de las herramientas mínimas para garantizar procesos educativos continuos, pertinentes y acordes con los desafíos actuales.
Vivir en un humedal exige más educación, no menos. Exige formar a niños y jóvenes que comprendan su territorio, que desarrollen capacidades para cuidarlo y, al mismo tiempo, para proyectarse hacia el mundo. Sin acceso a energía ni a conectividad, esa formación queda inevitablemente limitada desde su base.
En este mismo sentido, acciones valiosas como las mingas de recolección de residuos sólidos deben entenderse en su justa dimensión. La minga es, por naturaleza, un llamado de atención y una respuesta colectiva ante una necesidad urgente; no debería convertirse en una práctica permanente para sostener lo que debe ser parte de un cotidiano bien organizado. Educar no es conmemorar, es sostener procesos. La limpieza y el cuidado del entorno no pueden depender de jornadas aisladas, sino de hábitos, conocimientos y responsabilidades compartidas que se construyen día a día.
A ello se suma una oportunidad evidente: fortalecer el vínculo entre conservación y educación a través de los propios guardaparques. Su presencia constante en el territorio, su conocimiento directo del humedal y su cercanía con la comunidad los convierten en referentes naturales para niños y jóvenes, muchos de los cuales ya los ven como modelos a seguir. Incorporar, de manera planificada y con el debido respaldo institucional, espacios de participación de los guardaparques en procesos educativos podría generar beneficios mutuos: enriquecer la formación de los estudiantes y, al mismo tiempo, fortalecer el sentido de propósito y reconocimiento de quienes cuidan el área protegida.
Sin embargo, en Santay no faltan capacidades. Quienes hemos tenido la oportunidad de compartir con sus estudiantes sabemos que existe curiosidad, compromiso y un profundo sentido de pertenencia. Son jóvenes que no solo pueden ser beneficiarios de la conservación, sino actores clave en su sostenibilidad futura. La pregunta es si estamos creando las condiciones para que ese potencial se desarrolle plenamente.
La conservación de un humedal no puede limitarse a la protección de su entorno natural. Debe incluir, de manera coherente, el fortalecimiento de su tejido social y educativo. De lo contrario, corremos el riesgo de sostener un modelo que protege el paisaje, pero limita las oportunidades de quienes lo habitan.
Santay nos ofrece una oportunidad valiosa: demostrar que es posible construir un modelo de conservación donde naturaleza y comunidad avancen juntas. Para ello, la educación —con acceso real a energía, conectividad y contenidos pertinentes— no es un lujo, sino una condición indispensable.
José Delgado Mendoza, Gestor cultural y ambiental, Director del Observatorio de Santay