Madres: El cuidado que nunca apareció en una receta
Written by danilo_3re2RJc on 05/09/2026
Con los años uno descubre que muchas de las cosas que sostuvieron nuestra vida nunca tuvieron nombre de medicamento. Eran aguas naturales con la magia de una bendición, remedios hechos con fe, abrazos que parecían aliviarlo todo y una madre convencida de que uno iba a sanar y de alguna manera, lo hacía.
Y todo comenzaba desde una mujer llamada madre.
Era una madre despertándose en la madrugada para revisar una fiebre.
Una mano llevándonos a nuestro primer día de clases.
Una bendición antes de acostarse.
Una mujer dejando la mejor parte de la comida para sus hijos, sin importar si ella comía menos.
Una oración que hacía mientras su hijo todavía no llegaba a casa.
Ese tipo de cuidado nunca se estudió lo suficiente.
En medicina hablamos de presión arterial, glucosa, colesterol, hormonas o inflamación. Y claro que son importantes. Pero pocas veces hablamos de algo igual de humano: el efecto de sentirse cuidado, protegido y amado.
Muchas madres han sido el primer refugio emocional de una persona, las primeras en detectar que “algo no estaba bien”, incluso antes de que existiera un diagnóstico. Las primeras en notar el cansancio, la tristeza o la preocupación escondida detrás de una sonrisa de su hijo.
Y aunque no todas llevaban una bata blanca, cuidaban de sus mayores tesoros: sus hijos.
A veces con una sopa de fideos favorita.
A veces con un jugo de mora cuando uno estaba enfermo.
A veces simplemente rascando la espalda para ayudar a dormir.
Hay hijos que recuerdan más una caricia en una noche difícil que cualquier medicamento que recibieron. Porque el cuerpo también guarda memoria emocional.
Hoy sabemos que el estrés crónico, la ansiedad, la soledad y el abandono emocional impactan directamente en la salud física. Alteran el sueño, aumentan la inflamación, empeoran hábitos y desgastan la mente. Y muchas veces, quien ayudó a sostenernos emocionalmente fue alguien que nunca pidió reconocimiento: una madre.
La persona que agradece vive diferente y aprende a valorar más y a vivir menos atrapada en la queja constante. El agradecimiento devuelve perspectiva y hace recordar que, incluso en las etapas más difíciles, hubo alguien intentando cuidar, proteger o sostener.
Y quizá una de las formas más profundas de agradecer a una madre no es solo decir “gracias”.
Es cuidarla también.
Escucharla más.
Acompañarla más.
Preguntarle cómo se siente.
Llevarla a un control médico.
Abrazarla mientras todavía podemos hacerlo.
Porque muchas madres pasaron años cuidando de todos, olvidándose de ellas mismas. Mujeres que siguieron adelante aun estando cansadas, preocupadas o enfermas, solo para que sus hijos estuvieran bien.
Y tal vez el tiempo más duro llega cuando uno entiende que ellas tampoco eran eternas.
Un saludo muy especial a todas las madres del Ecuador. Y, de manera especial, a la mía: Mercedes Cando.
Gracias por darme la vida, por sostenerme incluso en los días difíciles y por demostrarme que hay cuidados que nunca aparecieron en una receta… pero que terminan sanando partes del alma.