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La educación ciudadana, asociada a proyectos de no violencia

Written by on 03/03/2026

Los orígenes de la violencia son complejos. Diversos estudios concluyen que las causas más próximas son la pobreza -derivada de las desigualdades y discriminaciones de diverso tipo-; la falta de políticas públicas en los ámbitos de salud, educación y empleo; y, la crisis profunda en las familias y el sistema educativo. En las siguientes líneas varios enfoques y propuestas didácticas.

Hegemonía cultural

La violencia simbólica, acuñada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, subyace en las demás violencias. Las prácticas de violencia simbólica son invisibles, porque corresponden a estrategias construidas socialmente, que existen y se reproducen en los roles sociales, de género, estatus, estructuras mentales, ideológicas y de poder inconscientes, subyacentes o subterráneas, que son implícitas porque esconden la matriz comportamental de la sociedad. Michel Foucault decía que “el poder está en todas partes”. Y solo debemos “hacer visible lo invisible”.

Pierre Bourdieu y Antonio Gramsci fueron los pioneros en reconocer la denominada hegemonía cultural; es decir, “la imposición de un modelo cultural y la reproducción del dominio masculino sobre las mujeres mediante la naturalización de las diferencias entre géneros”, que alude a dos instituciones básicas: la familia y la escuela. Y no solo contra las mujeres, sino contra los que piensan, sienten y actúan de manera diferente. De ahí que la violencia simbólica sea considerada como la madre de la violencia política, económica y criminal.

El verdadero cambio

Si su raíz es cultural y radica en la violencia simbólica retratada por Bourdieu -que no se resuelve con tanquetas, armamentos y equipos tecnológicos, es decir, con la violencia institucional-, el verdadero cambio estaría en trabajar en los valores humanos que transmiten las familias y en un nuevo tipo de educación preventiva -no domesticadora-, que forme y no deforme las conciencias.

Una advertencia previa: la familia y la escuela no se pueden reformar con decretos, leyes, con cursos o una varita mágica, porque son procesos culturales de mediano y largo plazo. Pero, algo se puede innovar en universos pequeños, con creatividad y una visión científica, proactiva y no solo reactiva.

Familia y escuela

La crisis de la familia es profunda y polisémica. La familia es la caja de resonancia del cuerpo social y, a su vez, el retrato de una sociedad permisiva, secularizada e impregnada por la violencia simbólica, cuyo aparataje está amplificado por las cuatro pantallas: la televisión, los video-juegos, el ordenador y el celular. Existen estudios sobre los impactos en las sensibilidades de niños y jóvenes.

A lo anterior se unen los altos índices de violencia intrafamiliar, que han desbordado los sistemas legales, judiciales y éticos. Y otros signos preocupantes: la maternidad prematura, la aparición de nuevos tipos de familia, la migración y la secuela de enfermedades psicosociales que cuestionan la estructura familiar.

La escuela, por su parte, es un espacio de aprendizajes formales, asociados al currículo, casi siempre espeso y rígido, con excesivas asignaturas, que no inciden en las causas de la violencia escolar. Sus acciones reactivas son conocidas: cursos, asambleas, seminarios, denuncias, protocolos y papeles, mientras la violencia en las aulas prevalece bajo de diversas modalidades, fortalecida por el silencio y el temor a las represalias: desde el bullying hasta acosos virtuales y sexuales. ¿Cómo romper este círculo vicioso de la violencia que, al parecer, ha sido “normalizada”?

La educación ciudadana

Una cultura de paz debe estar asociada a la realidad de cada comunidad educativa, e interconectada con otras organizaciones de la sociedad civil que permitan construir –sobre la base del diálogo- una propuesta perfectible de educación ciudadana, desde la gente y sus problemas antes que impuesta de manera vertical y obligatoria.

Una alternativa es la construcción de un proyecto educativo institucional, elaborado por sus actores, que parta de una línea-base (los problemas de violencia familia-escuela-comunidad), y diseñe estrategias específicas de educación ciudadana, como eje transversal, que se fundamente en cuatro ejes, según las recomendaciones de Jacques Delors: aprender a conocer, a hacer, a ser y a vivir juntos. Y emprender juntos -padres, maestros y estudiantes- acciones de interacción para el enriquecimiento recíproco y el respeto a los demás.

En ese contexto, la educación ciudadana sería un camino para el logro progresivo de una cultura de paz integrada a la no violencia activa, con objetivos claros: desarrollar la capacidad crítica, aprender a negociar conflictos reales, compartir el daño ambiental y oponerse de manera radical a los atentados contra la vida y la dignidad humana.

La estructura educativa oficial pretende resolver estos problemas mediante asignaturas de Cívica y Ética, pero el tema de la violencia es más que una materia de valores. Se necesitan políticas públicas integradas a procesos educativos y culturales, que conciernan a toda la sociedad, y de manera especial a las familias, los docentes, los padres de familia y los medios de comunicación. Los compromisos para la acción son necesarios, donde se privilegie la cultura de la participación y del diálogo.

Intolerancia y derechos humanos

La UNESCO identifica en un documento oficial los síntomas de la intolerancia: denigrar en lenguaje despectivo; utilizar estereotipos y burlas con prejuicios y acusaciones sin fundamento; hostigamiento, discriminaciones, degradación, intimidación, exclusión, segregación, represión y destrucción de adversarios.

También resalta algunos signos positivos: el lenguaje asertivo, el acatamiento de las leyes, el acceso a los beneficios sociales, la igualdad de oportunidades, el respeto a la dignidad humana, a las minorías (indígenas y afrodescendientes) y mayorías; el reconocimiento de los derechos adquiridos y la historia social, así como de las manifestaciones culturales y religiosas.

Trabajar la intolerancia y los derechos humanos puede ser una estrategia para una educación ciudadana eficiente, que implique, en la práctica, desarrollar proyectos contra toda forma de discriminación: el sexismo, el racismo, el etnocentrismo, el nacionalismo, el fascismo, la xenofobia y la explotación de diversa índole.

Un banco de “buenas prácticas”

Una experiencia valiosa es la creación de un “banco de buenas prácticas” de educación para la paz y la no violencia activa -también sugerido por la Unesco-, que consiste en recoger ejemplos para la resolución de conflictos en el ámbito escolar, con una perspectiva constructivista.

Se trata de canalizar las energías subyacentes -sin juicios de valor-, con criterios profesionales y soluciones nuevas a viejos problemas, sobre la base del respeto, la comunicación directa y bien informada. La idea central es prevenir y transformar la violencia en oportunidades de aprendizaje colaborativo en la vida cotidiana, mediante modelos de mediación de conflictos.

Aprender a vivir juntos es posible mediante instrumentos que permitan mejorar las relaciones en las aulas, para alumnos, docentes y padres que ejerciten el aprendizaje en común y la aplicación de ideas positivas.

Existen materiales valiosos que podrían servir con el propósito de promover una educación ciudadana para construir una cultura de paz: folletos, carteles, dibujos, juegos, imágenes, bitácoras, cuentos, debates, guías, historias, periódicos murales, cartas a los diarios, manifiestos, actividades extraescolares, como visita a las ciudades patrimonio; proyectos de innovación educativa, entrevistas a personajes de la vecindad, planes de seguridad, clubes de paz, círculos de amigos, pactos de paz en las escuelas, convivencias, campañas en las redes sociales y blogs; bancos de recursos para la educación ciudadana, celebraciones por el día de los derechos humanos, el día mundial de la paz, día contra el racismo y la xenofobia; programas de radio escolar, concurso de selfis sobre la paz, videos domésticos y video-foros, disco-debates, entre otros.


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