Edward Hopper, el habitante de la soledad
Written by danilo_3re2RJc on 11/18/2025
A los 12 años medía 1,82 m y adulto, 1,95 m. Desde su elevada estatura, pudo ver a los seres humanos en su imperturbable soledad. Imagino a Edward Hopper (Estados Unidos, 1882-1967) deambulando por teatros, bares, oficinas, salas de cine, cuartuchos de hotel, casas abandonadas… trazando apuntes para sus lienzos.
Vivió solo, confinado en sí mismo; si bien su compañera, la pintora Josephine Nivison (Jo, Estados Unidos, 1883-1968), lo acompañó hasta su muerte. “Habitar es dejar huellas. El interior las acentúa”, dijo Walter Benjamin. El tiempo las fija. Gentes de algunas latitudes hablan del “recogimiento de pasos”; quienes están en trance de muerte, los agonizantes, recorren los sitios donde habitaron: ceremonial de despedida. Ruidos que presagian el fin de la hermosa y triste aventura de vivir.
El imperio de la luz y la sombra
Urbes nocturnas (de cualquier país del mundo) son los escenarios de donde emergió y retornó su arte consagrado a nivel mundial después de su muerte y debido al ímprobo trabajo de Nivison. Lugares insignificantes y cerrados, muebles, ropas, ventanas y cortinas que ignoran a los personajes de los cuadros; seres que carecen de deseos de irse o quedarse a vivir otras noches, con el mismo tedio, el mismo cuerpo, como animalejos asediados de insectos de otros mundos.
Toda pintura congela el tiempo, Hopper lo socava y logra la verdad de su arte: a fuerza de estar en algún lugar lo hacemos nuestro. Sus personajes: solitarios, silenciosos, incomunicados, dan la certeza de que los rincones que ocupan son de ellos, les pertenece, aunque les causen hastío o dolor.
Habitación de hotel, 1931. Una mujer semidesnuda, sola y silenciosa, sentada en un camastro, el sillón a la izquierda con su ropa se refunde con una ventana sellada; una franja café frente a ella simula un armario que clausura toda entrada o salida. La mujer tiene en sus rodillas un papel que nadie sabrá qué contiene. Luz y sombra. Las magistrales líneas verticales de Hopper. Sabia y sobria estampa. Voyerista del alma, sedujo a la soledad.
Nocturnidades. Sombras de voces. Silencios. Murmullos. Soledumbres. Cada quien desmoronándose en los espejos de luto de las noches. Noctámbulos, 1942. La noche se cierne densa, gravitante. En un tenderete cuatro personas esperan. Seres anónimos fatigados, exhaustos, esperan. Una pareja (ella es Jo, su amada musa y modelo), un hombre al lado opuesto y el empleado de la caseta. La escena se mira desde un ventanal. La noche es de mármol negro y niebla. Una cascada de cabellos castaños de Jo brilla tenuemente. La noche en la mitad de la vida.
A veces como en Sol de la mañana, 1952, la luz solar entra de bruces. Una mujer sentada sobre una cama (Jo), iluminada por el sol que se cuela por una ventana, el mentón levantado retando el tiempo. El rojo apagado de su camisón resalta el rostro. Homenaje a la belleza de su mujer de 69 años, como para desmentir conceptos arcaicos.
“Muchos pintores tienen la costumbre de pintar la luz del sol amarilla, pero esta luz no es amarilla –sentenció Hopper– exceptuando la del amanecer y la del atardecer, el resto del día se trata de una luz blanca”. Y su luz blanca abraza toda su creación visual. En Europa aprendió de los impresionistas. En cuanto a la luz –elemento cardinal de su obra– fueron Rembrandt y Vermeer quienes más le enseñaron. Atmósferas y encuadres irrepetibles que los grandes maestros del mejor cine aprendieron.
Hopper puso la luz a su arbitrio. Sus emblemáticas barras de luz. Acaso antes nadie había accedido a estos logros visuales. Conciliación de la luz del artista pintor con el del cinematógrafo y la que merodea el paisaje norteamericano. Él conjugó estas vertientes en un solo haz, configurándolo para edificar sus personajes. Una música lóbrega cubre su arte. Silencio. Soledad. Espera. Trémula sombra de voces ignoradas. Arrastre del río sombrío del tiempo. Lápidas marmóreas ocultas, esperándonos.
Sombras nocturnas, 1921. Célebre aguafuerte que exhibe un hombre caminando por un pasaje brumoso, matizado por una luz blanca que baja en hilachas de una ventana. Luz y sombra en soberbia resolución. Dramática muestra de la soledad esencial del ser. Paisaje del terror de ser y estar solos. ¿A dónde va ese caminante? A ninguna parte. Caminamos hacia la muerte, parece decirnos Hopper. Miedo y angustia fluyen por nuestras arterias. Así pasamos el tiempo, en un mundo que no comprendemos, consumiendo lo que hallamos como sabuesos famélicos.
Josephine cerró los ojos del artista. Legó 3000 telas –suyas y de Hopper–, y centenares de cuadernos de él con frases, números y garabatos, bitácora fiel del habitante de la soledad.
“Y así también nosotros/ –esqueletos de luz congelada–/ por las honduras de la sombra/ iremos sin retorno./ Y nuestros pasos quedarán flotando,/ resonantes,/ en lo alto del silencio poblado de preguntas” M. A. Z.