El analfabetismo motriz y la infancia que necesita volver a moverse
Written by danilo_3re2RJc on 05/27/2026
“El cuerpo no es únicamente movimiento; es también pensamiento, emoción y aprendizaje”.
El analfabetismo motriz empieza a formar parte de la conversación educativa
En los últimos años, un concepto ha comenzado a aparecer con mayor frecuencia en espacios educativos, investigaciones sobre desarrollo infantil y conversaciones relacionadas con la infancia: el analfabetismo motriz.
Aunque todavía resulta desconocido para muchas familias, especialistas y profesionales han empezado a alertar sobre una realidad cada vez más visible en niños y adolescentes: dificultades para desarrollar habilidades motoras básicas necesarias para interactuar con seguridad, autonomía y confianza con el entorno.
Cada vez es más frecuente observar niños con poca coordinación, inseguridad corporal, baja resistencia física o dificultades para correr, saltar, mantener equilibrio y explorar corporalmente el espacio.
No se trata de una generación “menos capaz” ni de rechazar los avances tecnológicos. Se trata de comprender cómo las experiencias infantiles han cambiado profundamente y cómo eso impacta en el desarrollo integral de los niños.
Por ello, hablar hoy de analfabetismo motriz no significa exagerar una problemática, sino abrir una conversación necesaria sobre cómo están cambiando las experiencias de la infancia y qué impacto tiene esto en el desarrollo humano.
Una infancia que se mueve diferente
Algo está cambiando silenciosamente en la infancia actual. Muchos niños utilizan dispositivos digitales con gran facilidad, pero presentan dificultades para correr, mantener equilibrio, coordinar movimientos o desenvolverse corporalmente con seguridad y confianza.
El analfabetismo motriz hace referencia a la pérdida o insuficiente desarrollo de habilidades motoras fundamentales necesarias para explorar el entorno, interactuar con autonomía y construir aprendizajes desde el cuerpo.
El investigador español Luis Miguel Ruiz Pérez, referente internacional en competencia motriz y desarrollo motor, sostiene que el movimiento constituye una base esencial para la relación del niño con el mundo. Desde su perspectiva, la motricidad no puede entenderse únicamente como actividad física; también implica seguridad corporal, adaptación, confianza y capacidad para resolver desafíos cotidianos.
Cuando un niño no desarrolla confianza en su propio cuerpo, muchas veces también limita su exploración, participación y aprendizaje.
El cuerpo también construye aprendizaje
Durante años, gran parte de los sistemas educativos priorizaron los procesos cognitivos mientras el movimiento quedaba reducido a espacios específicos como el recreo o las actividades físicas programadas.
Sin embargo, hoy resulta imposible separar cuerpo y aprendizaje.
El psicólogo francés Henri Wallon defendía que el desarrollo infantil ocurre mediante la integración entre emoción, movimiento y pensamiento. Antes de comprender el mundo desde las palabras, el niño lo descubre desde la acción corporal.
Moverse no significa únicamente desplazarse. Significa experimentar límites, desarrollar coordinación, fortalecer seguridad emocional y construir relación con el entorno.
Cuando un niño corre, salta, trepa o manipula objetos, también fortalece atención, regulación emocional, orientación espacial y resolución de problemas.
El cuerpo participa activamente en cada experiencia de aprendizaje.
La infancia sedentaria se está normalizando
Las dinámicas familiares y sociales han cambiado profundamente. Las pantallas ocupan gran parte del tiempo cotidiano, el juego libre ha disminuido y muchas rutinas infantiles transcurren en espacios cerrados y altamente estructurados.
A esto se suma un fenómeno silencioso: el exceso de protección.
El temor constante a accidentes, suciedad o riesgos ha reducido oportunidades esenciales para que los niños exploren corporalmente el entorno. Ensuciarse, trepar, correr o caer parecen experiencias cada vez menos frecuentes en algunas infancias.
La pediatra y pedagoga Emmi Pikler defendía el movimiento libre como una necesidad fundamental para el desarrollo infantil. Según su enfoque, los niños construyen autonomía, seguridad y confianza cuando tienen la posibilidad de moverse espontáneamente y descubrir sus capacidades sin intervención excesiva del adulto.
Un niño que nunca enfrenta pequeños desafíos corporales difícilmente desarrollará seguridad en sí mismo.
Niños menos conectados con su cuerpo
Cada vez es más frecuente observar niños con poca resistencia física, inseguridad motriz o dificultades para coordinar movimientos básicos. Algunos evitan juegos físicos porque sienten miedo al error o porque nunca desarrollaron suficiente experiencia corporal.
La consecuencia no es únicamente física.
La baja competencia motriz también puede influir en autoestima, participación social y disposición para aprender. Un niño inseguro corporalmente suele explorar menos, asumir menos retos y depender más del adulto.
El problema no radica en que los niños hayan cambiado, sino en las experiencias que el entorno les está dejando de ofrecer.
Una infancia con menos movimiento también es una infancia con menos oportunidades para descubrirse a sí misma.
Recuperar el movimiento como parte esencial de la infancia
Hablar de analfabetismo motriz no significa rechazar la tecnología ni idealizar generaciones anteriores. Significa reconocer que el desarrollo humano continúa necesitando experiencias corporales reales incluso en un mundo digital.
Las escuelas necesitan volver a comprender que el movimiento no es una pausa entre aprendizajes importantes. El movimiento ya es aprendizaje.
Las familias, por su parte, pueden recuperar espacios simples, pero profundamente valiosos: caminar, jugar al aire libre, permitir exploración, reducir tiempos sedentarios y ofrecer oportunidades donde el cuerpo vuelva a ocupar un lugar central.
Porque un niño que conoce su cuerpo también desarrolla mayor seguridad emocional para habitar el mundo.
La infancia necesita volver a moverse
Quizá uno de los mayores desafíos educativos de esta generación no sea únicamente enseñar contenidos académicos, sino garantizar que los niños continúen desarrollando habilidades humanas esenciales mientras el mundo se vuelve cada vez más rápido, digital e inmediato.
La infancia necesita tecnología, sí. Pero también necesita equilibrio, movimiento, contacto con el entorno y experiencias que permitan al cuerpo participar plenamente del aprendizaje.
Tal vez el verdadero desafío no sea cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla, sino cuánto tiempo tienen realmente para explorar el mundo desde su propio cuerpo.