El gatopardo, elegía de la decadencia
Written by danilo_3re2RJc on 10/07/2025
Se llamó Giuseppe Tomasi de Lampedusa, príncipe de Lampedusa y duque de Palma (Italia, 1896-1957). Retraído, aprensivo, sombrío, tenía escasos nexos con los demás, salvo con dos de sus primos: poeta, el mayor, pintor, el otro. Caterina Cardona, en su libro Un matrimonio epistolar, 2025, nos da una señal cierta de cuánto gravitaron en su vida: Tomasi de Lampedusa se sintió tan opacado por ellos, que escribió su novela El gatopardo –un clásico de la literatura– durante los dos últimos años de su vida.
Pasajes históricos y vivenciales de la novela discurren en su ciudad de origen y, aunque no recrea el palacio de Lampedusa, lo hace de sus fastuosos salones y habitaciones. Giorgio Bassani, su editor y crítico, menciona que el título en italiano significa ‘el serval’ –gato pardo–, símbolo del escudo familiar, alojado en la matriz de su escudo de armas.
La impronta legada de sus ancestros pervivió en su memoria. Uno de sus amigos relató: “Ostentaba su parecido físico con su bisabuelo y afirmaba que desde su niñez solía observarlo por las noches”… Combatiente en la Primera y Segunda guerras mundiales (desertor de la primera), durante el fascismo realizó algunos viajes y, a su retorno, vivió al amparo de su primo poeta.
“Cambiar todo para que todo siga igual”
La célebre novela fue escrita entre 1954 y 1957. Publicada en 1958, luego de ser desestimada por varias editoriales que la calificaron de “anacrónica” y “anticuada”. Licy, la compañera del escritor italiano, descrita por sus parientes como mandamás, posesiva e irascible, incidió en su escritura, y, luego, en las correcciones finales. Giuseppe Tomasi de Lampedusa murió a los sesenta años, sin saber que había escrito una de las novelas clave de la literatura universal.
La obra fue recibida con acerbas críticas por escritores marxistas como Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini, sin embargo, otros de la misma tendencia, como Louis Aragon y René Char, la exaltaron como una “implacable crítica de las clases dominantes”. Para completar el impacto que provocó, los aristócratas sicilianos sobrevivientes endilgaron a su autor la fama de traidor.
En nuestro tiempo se ha hablado de esta novela como una “preparación de la muerte” (Javier Marías). Volver a leer sus páginas es asistir al cortejo, lento y vibrante acercamiento –el del amante que merodea al ser amado– del morir; despedida de la vida, de sus resplandores y de sus tinieblas. Poder, amor y muerte la fundan. Hojas que se las lleva el viento.
Novela magistral y solitaria sobre la Sicilia de la segunda mitad del siglo XIX. Narración trepidante de la consumación de los Borbones y la reunificación de Italia, bajo la resistencia a las transformaciones sociales y políticas.
El gatopardo ha sido leída como “un epos de la decadencia” (poema narrativo), más que como una novela. Después, vista como una película histórica: Luchino Visconti filmó su versión insuperada (1963), plantando como su núcleo al protagonista (Burt Lancaster), cuya corrosiva incertidumbre de fin de época fusiona al escritor y al cineasta.
Pero El gatopardo no solo es eso. A la esencia poética del viejo príncipe Fabricio, se superpone la reivindicación cultural e historiográfica: la idea de una resurrección simbólica de la grandeza del imperio romano, enmarcada en un contexto con ideales democrático-marxistas. En esta matriz, cobra sentido la entrada de los garibaldinos en Palermo y la célebre secuencia del majestuoso baile en el palacio Ponteleone, escenas que contrastan con la refriega a muerte en barriadas y calles, donde mujeres y hombres, impulsados por la utopía vitalista de “hacer historia”, entregan sus vidas. La muerte heroica, consciente o no, queda atrapada en una paradoja: la historia avanza pero luego vendrá más de lo mismo: el ascenso de una nueva clase dominante.
Como fatídico corolario de la novela emerge esa frase que define el quehacer de los políticos de todos los tiempos: “Hay que cambiar todo para que todo siga igual”. Insignia y consigna de los gobernantes –con irrisorias excepciones– porque “paz, igualdad y confraternidad” están en el fin del mundo, como los puertos y el horizonte, y la codicia por el poder de quienes aún no lo han usado nace y renace, por los siglos de los siglos.
¿Es El gatopardo de Visconti su mayor logro cinematográfico? Gilles Lipovetsky afirma que “el mejor crítico es uno mismo”, y tal vez eso baste. Lo bueno es que la palabra de Tomasi –“el hombre triste” como lo definió su único biógrafo, David Gilmour– sigue viva, tiempo y fuego, enseñándonos qué irrisorios son los poderosos y los enfermos de poder.
“Las estrellas parecían turbias y a sus rayos les costaba penetrar la mortaja del bochorno”, T. de L.