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Mademoiselle Satán, el poema maldito

Written by on 05/12/2026

Poesía es polvo eviterno que se escurre entre los intersticios de la razón. Empezó con el ser humano y desaparecerá con él. El amor, un secreto a tiempo de ser revelado; en ese “a tiempo” se halla la llave con la que se abre el camino por el cual vamos en inacabable asedio, vislumbre de una imagen “a punto” de ser borrada por la vida.

Mademoiselle Satán rara orquídea del vicio./ ¿Por qué me hiciste, di, de tu cuerpo regalo?/ La señal de tus dientes llevo como cilicio/ en mi carne posesa del Enemigo Malo”… dice Jorge Carrera Andrade (Quito, 1903-1978).

La culpa es del demonio

¿Quién es Mademoiselle Satán? ¿Una visión del poeta? ¿Una mujer que lo desairó? ¿Alguien real o ficticio que le sirvió para expresar un dejo de culpa por el “pecado” de haber conocido el amor, imaginado o real?

En 1927 se publicó el memorable poema en la revista Fígaro de Carlos H. Endara. Carrera Andrade tenía 24 años. Existen testimonios de que lo escribió dos años antes. Quito era un solo barrio. Incienso y malos olores persistían, desde hacía decenios, en la ciudad. Temprano, por las mañanas, numerosas mujeres –faldas largas, mantilla, velo, guantes y misal en mano– acudían a misa. Reinaba un halo de recato y devoción religiosa.

El poema, colmado de eroticidad, apología y acto de contrición, fue ilustrado con la fotografía de Lola Vinueza Salazar, una mujer venida de París que regentaba una casa de diversión, luciendo rasgos parecidos a los de la Virgen María. El escándalo provocó insólitas resonancias.

Conservadores y liberales se aliaron indignados por la herejía; quiteños y quiteñas de todos los estratos montaron en santa cólera, y el padre del poeta, notable jurista, publicó en El Comercio una nota retractándose de lo escrito en el poema de su hijo.

El poeta fue expulsado de la casa patriarcal. Demonizado, excomulgado, amenazado de muerte por el piadoso pueblo quiteño, el blasfemo poeta encontró amparo en diligentes funcionarios de la Cancillería. Así comenzó un largo periplo por el mundo en funciones diplomáticas.

Tiempo después Carrera Andrade regresó a su lugar de origen solo y en precarias condiciones. Hubo un personaje que se desvivió por él, Galo René Pérez, gracias a quien fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, recibió el Premio Espejo y fue postulado para el Premio Nobel de Literatura. Renombrados críticos situaron al ecuatoriano universal a la par de los grandes poetas de América.

A la luz de nuestro tiempo, ¿qué perversión ocupa el poema? El erotismo halla su matriz en la naturalidad. “Se conjuga con la elevada forma del espíritu humano”, señala Jung. Una fina, apenas perceptible línea, diferencia el amor, de la erotización y de la sexualidad. No se funden los tres. Son espacios delimitados o carentes de términos.

Eroticidad: pasión del animal humano (nuestras pasiones existen, pero no sabemos nada de ellas). Sexualidad: fluir de incitaciones congénitas del ser. Amor: miedo a la soledad, pacto entre dos seres que juran “amor eterno”… Pero el amor idealizado es eterno mientras dura.

“Si se adueñó este ídolo de mi alma hasta la muerte/ yo no tengo la culpa ¡oh San Antonio casto!/ Yo que era niño aún y como el roble fuerte/ dejé quemar mi vida sobre su altar nefasto”.

¿Estos versos de Mademoiselle Satán comprenden la confesión de un pecado? El poeta deviene funámbulo que oscila entre el placer y la culpa. El encuentro con una bella mujer madura que –afirman varias reseñas– azotaba a sus clientes en una muestra de “aberraciones exotistas” aprendidas en París, subyugó al poeta que tal vez sintió el tumultuoso oleaje de apetencias extremas.

Carrera Andrade tuvo formación religiosa (familiar y escolar) que inculca la creencia en el pecado, la culpa y el castigo. Quizás estos principios sacudían su espíritu. ¿El poeta se arrepiente de haber “pecado”? Confesión y contrición. Gozo y cilicios.

“Yo la he visto desnuda, ¡Señor!, ¡sí, yo la he visto!/ Tembló y quedose el alma eternamente muda./ Prefiero a ese recuerdo los tres clavos de Cristo,/ la cruz, antes que verla en mis noches desnuda”.

Nacer para ciertas religiones constituye el primer pecado. Carne, pensamiento, sueño y tiempo, así venimos al mundo. El cuerpo para la ciencia es objetivo y fin. En los extremos de las ideologías políticas el cuerpo es instrumento de trabajo para unos y mercancía para otros.

“Satán, mujer que tienes un rubí en cada pecho,/ tus verdes ojos lúbricos son siempre una acechanza,/ tu desnudez que viene las noches a mi lecho,/ para mi ciego olvido, es tu mejor venganza”. En la memoria del corazón, su sobrino Marcelo Carrera Andrade, a quien tanto quería, mi compañero de escuela, colegio y de vida, leyendo a hurtadillas el poema maldito en la vieja casona de los Carrera Andrade, cercana a la nuestra, bajo la escudriñadora mirada de la madre de Marcelo, a quien creíamos –pobre ingenuidad la nuestra– incapaz de percatarse de nuestras travesuras.


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