El “Rey” Claude Monet (II)
Written by danilo_3re2RJc on 05/26/2026
Un hilo de sol ilumina la cabeza de Claude Monet y desciende sobre su larga barba y su poblado bigote blancos. Es acaso la misma luz que fue alfa y omega de su arte. Sus cejas agrisadas realzan su mirada que da la sensación de arrebatar lo que ve. Esta imagen fue forjándose durante su inmersión en el arte pictórico y en la gestación del impresionismo.
París, 1874, en el estudio de un fotógrafo –el novísimo arte en auge–, tuvo lugar la primera exposición impresionista. Desencantados por el rechazo del Salón Oficial, varios artistas pintores, entre ellos Monet, Renoir, Pissarro y Degas… organizaron la muestra.
Colores que ciegan e iluminan
El Jurado del Salón de París, nombrado por el Estado, falló así: “Se trata de una banda que persigue un arte nuevo y revolucionario. Algunos de ellos poseen talento. Pero si concediéramos a su grupo la aprobación oficial (…) ello significaría la pérdida del arte en mayúsculas y la tradición”.
Los seres humanos queremos ver lo que conocemos, no lo que es. La historia enseña que lo nuevo causa repulsa, miedo o admiración. Para ostentar el título de pintor había que pasar pruebas impuestas por la academia. Los impresionistas se rebelaron y abdicaron de pintar temáticas históricas, mitológicas o bíblicas que celebraba el tradicionalismo.
Socarrón y despectivo ante la obra de Monet, el crítico de arte Louis Leroy exclamó: “¡Los impresionistas!”. Nunca imaginó que sería recordado precisamente por bautizar, con aquella frase soberbia y menospreciativa, a este movimiento histórico.
¿Cuál fue el cuadro de Monet? Impresión, sol naciente, 1872. Una niebla brumosa resuelta en azul y naranja abraza el lienzo. Leves líneas esbozan el puerto de El Havre como fondo. La luz furtiva del sol se rehúnde en el agua, glorificando la monotonía del puerto que se apresta al tráfago diario. Figuras sueltas, suspendidas en el tiempo surcan el mar. Pinceladas vertiginosas para enfilar botes oscuros en primer plano. Un hálito de melancolía cruza la atmósfera.
Nada transforma tanto el color como el agua. Desde farallones y planicies, los impresionistas comprendieron que la luz anidaba en su camino atemporal y que solo existe un instante –un soplo, un murmullo–, en el que puede aprehenderse luz y color para convertirlos en arte. Por eso los trazos de Monet son raudos e instantáneos, y los colores despliegan sus matices como frutos maduros.
Camille Monet en su lecho de muerte, 1879. Este cuadro “aún no ha sido celebrado como merece” (Wildenstein, 2011). Se trata, sin duda, de uno de los más sentidos y vividos por el pintor. Camille Doncieux, su compañera y madre de sus dos hijos, yacía muerta a sus 32 años.
El rostro de Camille aparece esbozado en lo alto de un torbellino, en gris y blanco, propicios para los tonos helados. Hay quienes ven “armonía y calma” en este cuadro, sin embargo, lo que exhala es el ánima de Camille muerta. Es la misma bella y tímida muchacha de 19 años a quien Monet retrató en La mujer del vestido verde, 1866, su primera obra aceptada por la crítica, y quien se convertiría en modelo de algunas de sus obras emblemáticas.
Evocación del ser y el no ser. Monet se ve a sí mismo, hurga en su intimidad y se pronuncia ante la brevedad del vivir. El silencio cae como un aire funéreo.
Alice Hoschedé y sus hijos se unieron a Monet y los suyos, y formaron una familia. El apoyo de ella fue decisivo en la creación de los memorables Jardín de flores y Jardín de agua. ¿Fueron estos jardines la mejor obra de Monet? Tal vez, no, pero constituyeron el fruto de más de 40 años de trabajo sabio y denodado.
Durante sus últimos años Monet madrugaba para sumergirse en la efímera belleza que entraña el universo de las flores fluviales. Buscaba el rincón de los nenúfares y allí, en medio del campo –impregnado del olor de las flores recién nacidas y el apareamiento de aves–, reía, hablaba y lloraba su ceguera con ellas.
Los últimos años trabajó cerca de 500 obras. Sus sempiternos Nenúfares, a los que llamó “paisajes acuáticos”, fueron una obsesión doliente y jubilosa. El arte poseyendo su irrefrenable ímpetu creador. “Son superiores a mis fuerzas de anciano –confesó a un amigo– y, sin embargo, quiero ser capaz de seguir plasmando lo que siento”.
Los sauces llorones, 1918-1919. La primera conflagración mundial dejaba muerte y abatimiento, y la visión del artista sufría inclementes cataratas que nublaban su visión. El artista se agazapó en las aguas luminosas y conmocionadas de su espíritu. Abstracción. Difuminación de los colores. Caos, evocación y recreación.
El Rey cumplía 86 años y sus pulmones estaban consumidos por el cáncer. Dispuso que su cadáver fuera sepultado en silencio, en ese silencio cómplice que lo acompañó toda su vida. Fue el único ateo de los impresionistas. No repicaron las campanas, Los sauces llorones levantaron sus colgantes y delgadas ramas desde la tierra para saludar su breve cortejo fúnebre.