Quito normaliza infracciones y multiplica riesgos en las vías
Written by danilo_3re2RJc on 05/15/2026
Los siniestros de tránsito en Quito no son solo un problema de movilidad; también reflejan una crisis de cultura ciudadana, control vial y convivencia urbana.
En mayo de 2026, buena parte de la atención pública se ha concentrado en el conflicto entre el Municipio y los transportistas urbanos por el incremento de la tarifa del pasaje.
En medio de esa discusión han reaparecido cuestionamientos sobre las miles de infracciones acumuladas históricamente por unidades de transporte público y el incumplimiento recurrente de normas de tránsito.
Pero reducir el problema únicamente al transporte público sería una simplificación cómoda.
Las infracciones atraviesan distintos niveles de la movilidad en Quito. Conductores de autos particulares y motocicletas también forman parte de un patrón cotidiano de incumplimiento que termina afectando seguridad, convivencia y circulación urbana.
Basta recorrer sectores como la avenida De los Shyris, donde estacionar en zonas no permitidas parece haberse convertido en una práctica aceptada, o revisar los registros de siniestros relacionados con exceso de velocidad en las principales avenidas de la capital.
El problema no es únicamente quién conduce mal. Es la forma en que la ciudad convive con la infracción como parte de la rutina.
Quito enfrenta desde hace años una tensión permanente entre movilidad y control.
El crecimiento del parque automotor, la expansión urbana y la presión sobre el espacio público han convertido el tránsito en una de las principales fuentes de estrés cotidiano. En ese contexto, el incumplimiento suele justificarse desde la urgencia individual: detenerse “solo un minuto”, acelerar para ganar tiempo o invadir un carril para avanzar algunos metros más.
Pero esa lógica tiene consecuencias colectivas.
Los peatones —los actores más vulnerables del sistema vial— terminan expuestos a decisiones tomadas en segundos. También motociclistas, ciclistas y usuarios de transporte público. Los siniestros de tránsito no son inevitables. La Organización Mundial de la Salud los considera un problema de salud pública precisamente porque muchos pueden prevenirse mediante control, infraestructura y educación vial.
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿existe el control suficiente para disuadir conductas de riesgo en Quito?
La ciudadanía suele reclamar más presencia de agentes y sanciones más severas. Sin embargo, cuando se intensifican controles de velocidad o multas, parte de esa misma ciudadanía suele reaccionar con rechazo y percibir las medidas como recaudatorias.
La contradicción revela un problema más profundo: la dificultad de asumir las normas de tránsito como acuerdos colectivos y no únicamente como imposiciones.
También existe otra dimensión menos visible: la formación. Las escuelas de conducción y los procesos de emisión de licencias deberían ser espacios fundamentales para construir cultura vial. Pero los resultados cotidianos abren preguntas sobre el impacto real de la formación en el comportamiento ciudadano.
Conducir implica más que operar un vehículo. Implica entender que cada decisión en la vía afecta a otros.
En Quito, la movilidad suele discutirse desde el tráfico, las tarifas o la infraestructura. Pero pocas veces se analiza desde la convivencia.
Una ciudad que normaliza la infracción termina normalizando también el riesgo.
Por eso, la discusión sobre los siniestros de tránsito no puede limitarse a estadísticas o disputas coyunturales. Requiere una conversación más profunda sobre responsabilidad compartida, control institucional y cultura ciudadana.
La movilidad no depende únicamente de nuevas obras o de tarifas más altas. También depende de la capacidad de una ciudad para respetar reglas básicas de convivencia.
Y en Quito, ese desafío sigue pendiente.