La Casa de Carrión sin luz
Written by danilo_3re2RJc on 04/19/2026
Hubo una época en la que Ecuador se erguía ante el mundo no por el calibre de sus fusiles, sino por el peso de su pensamiento. La Casa de la Cultura Ecuatoriana era un faro de luz, un Olimpo de la Creación. Era el reino de los 22 guardianes —uno por cada provincia de aquel entonces—, una aduana del espíritu donde el ingreso era un sacramento que exigía excelencia absoluta. Cruzar su umbral significaba haber convencido a una nación entera, representada en presidentes provinciales que, con el poder de una sola objeción, protegían el honor y la valía de la institución. En aquellos pasillos, el ingreso no era un trámite; era una consagración. No se llenaba un formulario; se entraba con una vida volcada en la belleza y la verdad.
Réquiem por los gigantes
Bajo sus techos caminaron gigantes en cuyas obras latía la patria. Benjamín Carrión trazó el mapa de nuestra dignidad; Guayasamín prestó sus manos para que el continente gritara; Jorge Icaza desnudó la tierra con el filo de su palabra. Luz Elisa Borja y los maestros de cada núcleo tejieron una red de orgullo que nos hacía sentir una potencia del intelecto. Ser miembro de la Casa de Carrión era un sello de fuego que separaba al artista del aficionado, al sabio del charlatán.
El asalto de los saltimbanquis
Pero el faro ahogó su luz, asaltado por la bruma del activismo. Con la reforma del 2016, las puertas del templo fueron arrancadas para dar paso a la democratización del vacío, a la pluralidad de la vulgaridad y a la inclusión del rencor. Lo que antes era un juicio a los méritos, destrezas y trayectoria; hoy es un simple clic en una página web ciega. La mayoría de los núcleos han sido tomados por una legión de saltimbanquis de esquina que, bajo el disfraz de gestores culturales, han convertido recintos sagrados en feudos de personajes afolklorados y odiadores de nuestra hispanidad.
La Casa de Carrión ya no es de los artistas, sino de una insignificancia instalada en trincheras de palabrería. Estos nuevos inquilinos, convertidos en propietarios eternos gracias al voto recurrente de gestores de las esquinas, no traen obra, traen consignas; no traen técnica, traen militancia. Han transformado la institución en búnkeres de extremismo que sobreviven succionando los tributos de un pueblo que les paga el sueldo sin saberlo.
Mientras el Ecuador real se desangra en las calles y los niños languidecen en escuelas sin disciplina ni ética, el Estado alimenta una burocracia seudo literaria, con masterados en pasatiempos, que cobra por el privilegio de administrar el silencio y la animadversión.
La cultura del escarnio
Si a este proselitismo subvencionado y a esta carencia de rigor estético se le llama “cultura”, entonces la palabra ha sido secuestrada y asesinada. Lo que hoy se respira no es creación, es contaminación. Es un espectáculo decadente que avergüenza a los viejos maestros y envenena a los jóvenes, haciéndoles creer que el arte es un subsidio para vivir sin trabajar. Son estatuas de humo que olvidaron incluso el viejo arte de saludar con elegancia.
Las 24 provincias necesitan que sus núcleos sean motores de logística entre el arte verdadero y el turismo, protegiendo todas nuestras tradiciones —también las hispanas—. Hoy, en cambio, encontramos salas pobladas por espectros que beben del presupuesto nacional sin aportar una sola gota al PIB del alma nacional.
Urgencia del cincel: reforma o clausura
El Ecuador de hoy, asediado por urgencias de sangre y fuego, no puede permitirse financiar un reducto de adoctrinamiento. Es imperativo volver a la severidad:
Restaurar el Juicio de Calidad: Que el ingreso vuelva a ser una prueba de fuego donde la obra, y no la ideología, sea la única credencial válida, bajo el consenso de los sabios.
Auditoría de Trascendencia: Evaluar el aporte real de cada núcleo. Aquellos espacios que generen gasto burocrático y no peso cultural deben ser intervenidos. El presupuesto no es un derecho de los ideólogos, es un recurso sagrado para las artes.
Despolitización Radical: Desinfectar la Casa de los radicales partidistas para que vuelva a ser el hogar de todos y no el refugio de unos pocos intolerantes.
De la vergüenza al orgullo
La Casa de la Cultura debe dejar de ser una carga de falsas piedras filosofales. El Estado debe elegir: o financiamos la excelencia que definieron nuestros grandes pensadores, o cortamos el flujo a esta ideocracia. En la balanza actual, la seguridad y la educación pesan más que una cultura de formulario. Si la Casa de la Cultura no es capaz de recuperar la vara de hierro de la calificación severa y sacudirse el parásito de la política, es mejor que desaparezca.
Que se cierren las puertas de estos mausoleos de la vagancia y que ese dinero se convierta en patrulleros, hospitales y pupitres. Es preferible el silencio de un edificio vacío que el ruido ensordecedor de membresías que solo sirven para alimentar estómagos insaciables, mientras nuestra identidad se desvanece en el olvido. La Casa de Carrión nació para hacernos grandes; para vernos así de minúsculos, convertidos en una parodia de resentimientos, es mejor que baje el telón definitivamente.