Portada en blanco
Written by danilo_3re2RJc on 04/19/2026
La portada en blanco de un periódico guayaquileño publicada el domingo anterior, no fue un silencio más, sino uno con un importante mensaje. A veces, una página vacía dice más que una portada llena de titulares, cifras y fotografías. Dice que algo grave merece ser advertido. Dice que, cuando la libertad de expresión se siente amenazada, el periodismo serio no solo informa, sino que también se planta. Y, dice sobre todo que, una democracia empieza a inquietarse cuando la crítica dada sobre la base de los cimientos de la Libertad de Expresión, deja de ser vista como un derecho y empieza a ser tratada como una insolencia.
La prensa libre no existe para agradar al gobernante de turno. Existe para aplaudir cuando hay mérito, pero también para vigilarlo, examinarlo, incomodarlo cuando corresponda y recordarle que el poder, en democracia, jamás debe sentirse como dueño de la verdad. Un periodismo servil podrá ser útil para la propaganda, pero jamás para la República. El buen periodismo, en cambio, pregunta, cuestiona, verifica, contrasta, revela y, si es necesario, molesta. Esa molestia no es un defecto del sistema democrático, sino más bien todo lo contrario, una de sus más valiosas garantías.
Por supuesto, defender la libertad de prensa no significa idealizar a los medios. También se equivocan. También pueden incurrir en sesgos, excesos o graves errores como el juzgar mediáticamente o saltarse el principio constitucional de la presunción de inocencia. Por eso tienen deberes éticos y jurídicos irrenunciables, esto es, rectificar cuando corresponde, diferenciar información de opinión, distinguir denuncia de linchamiento y verdad de propaganda. Pero una cosa es exigir responsabilidad a la prensa, y otra muy distinta es tolerar o justificar contextos de presión que busquen disciplinarla.
Los gobiernos sanos entienden algo elemental, en el sentido de que, la crítica severa, cuando nace de hechos y no de la infamia, no destruye al poder legítimo, sino que más bien lo ayuda a depurarse. Le recuerda sus límites, lo obliga a explicar sus decisiones y le impide caer en la soberbia de creerse intocable. Un gobernante seguro de la rectitud de sus actos no debería temer a una prensa libre. Podrá irritarle, podrá incomodarle, podrá incluso parecerle injusta en ocasiones, pero por otro lado comprende que su existencia fortalece y no debilita la salud institucional del país.
En ese punto, la historia política ofrece lecciones que conviene rescatar. Galo Plaza Lasso encarnó en el Ecuador una idea de poder más serena, más confiada en las instituciones que en la intimidación. Su figura quedó ligada a una tradición liberal y republicana capaz de entender que un medio incómodo no es una amenaza existencial, sino una prueba de madurez democrática. Se recuerda incluso que, en un gesto de tolerancia hoy casi inconcebible, habría ayudado de su propio peculio a sostener a un medio opositor en dificultades. Más allá de la precisión anecdótica, lo relevante es el profundo significado, esto es, la autoridad verdaderamente democrática no necesita asfixiar la voz que la contradice.
Abraham Lincoln comprendió algo semejante en una escala todavía mayor. Cuando llegó a la presidencia de los Estados Unidos, incorporó a su gabinete a varios de sus rivales más duros. No escogió la comodidad de los fieles y/o aduladores, sino la exigencia de las mentes fuertes, incluso de aquellas que lo habían combatido. Entendía que la democracia no se robustece rodeándose de aplausos, sino aceptando la convivencia con el disenso, la crítica y la inteligencia libre e independiente.
La seguridad democrática no se prueba silenciando al contradictor; sino gobernando con suficiente grandeza como para admitirlo y enfrentarlo con argumentos basados en la verdad.
En esta discusión conviene tomar distancia de dos extremos. El primero: creer que toda observación crítica a un medio es autoritaria. No necesariamente lo es. Los medios pueden y deben ser interpelados, principalmente por los ciudadanos y por sus lectores. El segundo, mucho más dañino, esto es, asumir que todo medio crítico conspira, actúa de mala fe o merece ser neutralizado. Esa lógica convierte al poder en víctima y a la prensa en sospechosa, en victimaria. Y cuando un gobierno empieza a sentirse moralmente habilitado para castigar la incomodidad, la democracia entra en zona de riesgo de derrumbe.
La censura más peligrosa no siempre llega por decreto expreso. A veces avanza con aparente discreción, esto es, expedientes intimidantes, presiones indirectas, señales ejemplarizadoras o el uso inadecuado o forzado de herramientas estatales. No hace falta clausurar redacciones para erosionar la libertad, basta con sembrar temor. Basta con que un editor empiece a calcular costos políticos antes de publicar, o que un periodista intuya que investigar demasiado puede salir caro.
Por eso la prudencia y tolerancia del poder no es una cortesía, sino una sensata y necesaria obligación republicana. Quien gobierna debe tener paciencia frente a la crítica, templanza frente al agravio y firmeza solamente frente a la ilegalidad probada, nunca frente a la mera disidencia. Allí se mide el honor democrático de un funcionario, en su capacidad de resistir la tentación de usar el cargo para ajustar cuentas con quienes lo contradicen.
La portada en blanco no debería ser leída solo como la protesta de un diario. Debería ser entendida como una advertencia para todos. Hoy puede ser un medio incómodo, mañana, cualquier voz independiente. Y cuando la libertad empieza a encogerse para uno, tarde o temprano termina encogiéndose para todos. Defenderla con responsabilidad, con equilibrio y sin fanatismos no es tomar partido ni simpatía por un periódico. Es tomar partido por la democracia y por la responsable Libertad de Expresión.