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“Las fieras” o el fauvismo

Written by on 04/21/2026

Comienzos del siglo XX. Europa vivía la Belle Époque. El mundo se conmocionaba con el rugido del automóvil, la magia del cine, el alumbramiento de la electricidad, la benéfica invasión de los rayos equis… Las artes rutilaban en deslumbrantes firmamentos. Su epicentro: París, la Ciudad de las Luces: “París era una fiesta”, diría Hemingway.

“Detrás del embrujo de la Belle Époque se tramaba la Primera Guerra Mundial”, recordó Pascal Quignard en 2009. Espejismos, fantasías, volutas de humo… El mundo de las apariencias. El ser humano es la peor creación de Dios. La paz está en el fin del mundo y la historia se reduce a su imposible persecución.

Disolución de las formas

1905, Salón de Otoño de París. Espacio de las artes visuales “revolucionarias”. El arte moderno empezaba a desmembrar “la solemnidad y el acartonamiento del pasado”. Aparecía el primer movimiento de vanguardia, se trataba del fauvismo. Su ideólogo, Henri Matisse.

“Donatello entre las fieras” fue la frase que detonó el escándalo provocado por la exposición de los fauvistas. Donatello, escultor del siglo XV y figura relevante del Renacimiento, estaba representado por un busto que presidía el Salón de Otoño de París.

Quien profirió la frase fue un defensor a ultranza de la tradición, conocido por su egotismo y repulsión a todo lo nuevo. Lo dijo frente a Mujer con sombrero de Matisse. ¿Pero qué preconizaban “Las fieras” para remecer las artes visuales?

El color como “personaje” axial de la obra. Aprehensión y provocación del espectador mediante el color y las formas diluidas. Cromática estridente. Uso instantáneo y agresivo del pigmento a la tela u otro soporte.

“Lo que sueño –pregonaba Matisse– es un arte de equilibrio, sin temas inquietantes o que preocupen, que sea un sedante cerebral”… O esto otro: “Un cuadro colgado en la pared debe trasuntar paz. No tiene que introducir en el espectador un elemento de turbación, sino algo que lo conduzca a un estado tal que no sienta la necesidad de desdoblarse, de salir de sí mismo”…

Estos postulados (1999) contienen lo que podría llamarse el credo del fauvismo, a pesar de que, más que una corriente pictórica, fue un grupo que coincidió en ciertos principios.

El período del fauvismo fue breve. A los fundadores (Matisse, Derain y de Vlaminck) plegaron artistas como Henri Manguin, Albert Marquet, Jean Puy y Othon Friesz, quienes con el tiempo tomaron sus propios caminos. En la última etapa del movimiento se incorporaron figuras de la talla de Georges Braque y Raoul Dufy.

Matisse y los fauvistas rompieron con el fasto y el detallismo, la cromática pulcra y los trazos perfectos.

Cuenta un cronista que Matisse halló, en un rincón de su estudio, la copia de una obra de Jan Davidsz de Heem. La impresión fue tan intensa que terminó convirtiéndose en una de las fuentes inspiradoras de su arte.

De Heem ejecutó esa tela por “encargo”: debía representar, desde la moral católica, algo que expresara el camino a la perdición de las almas.

La obra muestra la mesa de un banquete. Obnubila el asombroso brillo de los cristales; la ostensible delicadeza de los tapices de terciopelo, metales y bandejas de oro y plata centelleantes; utensilios de cerámica únicos. Riqueza y exotismo. Uvas, naranjas, higos, nueces, albaricoques, manjares como traídos de paraísos ignotos, esparcidos sobre la mesa.

De Heem no pintó confinado en su estudio, sino al aire libre. ¿Por qué esa luz quebrantó el tiempo y seguía aturdiendo a Matisse? ¿Por qué los tapices de terciopelo o el laúd abandonado en un extremo del cuadro y los manjares ofrecidos exhalaban luz y aromas? Habían transcurrido trescientos años y esa luz y ese aroma seguían abrasando el ánima de Matisse.

Mujer con sombrero fue el explosivo que incendió París y el mundo. Se trata de un retrato de medio cuerpo de Amélie, la primera compañera de Matisse, trabajado en formato pequeño: 0,81 m x 0,60 m. Sin embargo, aquel pequeño lienzo hizo arder a París. Proliferaron virulentas críticas en su contra. (Años después, Amélie exclamó: “Estoy en mi elemento cuando la casa se incendia”).

Quien adquirió la obra fue Gertrude Stein, escritora que transgredió el sistema desde su libertad de mujer. Quienes quieran “vivir” aquella época, con el aire inasible e intransferible de la poesía, pueden leer la Autobiografía de Alice B. Toklas (1933), uno de los libros “prohibidos” por la recientísima “inquisición” que asuela nuestro planeta.

Matisse fue el fauvista más zarandeado por crítica y público. Una caricatura anónima del artista se divulgó como por sortilegio en todo París. Se lo veía como un personaje enajenado y rabioso, mendicante, el rostro rebasado por una barba hirsuta, pringosa e irritante, pisoteando libros y hojas donde campeaba el título: Academia. Nada más lejano del Matisse caballeroso que buscó siempre el arte de la paz y el sosiego.


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