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La ilusión del mandante

Written by on 08/17/2025

En 2007, cuando los vientos de cambio olían a promesas eternas, Correa sembró la idea de que el pueblo era el mandante y él, apenas, un obediente mandatario, un sirviente de voluntades ajenas. Aquella retórica, melaza dulce en los oídos de los desposeídos, inflamó corazones, pero rara vez se tradujo en decisiones reales. Era un truco viejo, eficaz como canto de sirena, que millones de desesperados y crédulos volvieron a creer.

En un país donde la pobreza y la desigualdad tejen su trama desde hace siglos, los partidos aprendieron que es más fácil repartir dinero público que ideologías. Empleos, subsidios, becas: todo a cambio de una lealtad tan frágil como papel mojado. Así nacieron electorados hambrientos de recompensas inmediatas y operadores astutos que medran y se enriquecen en el camino, acumulando poder, alcaldías, prefecturas, entidades públicas y curules.

La mentira es simple: “Yo obedezco lo que el pueblo manda”. Y cada grupo, cada comunidad, cada hombre y cada mujer en la cola de los oportunistas, espera ver su deseo cumplido al día siguiente. Cuando eso no ocurre, brota el rencor, la sensación de traición. El votante, entonces, salta al siguiente candidato que promete obedecer mejor, aunque en el fondo sabe que se trata de otro espejismo. No hay lealtades eternas, ni siquiera convicciones; solo el hambre de recibir algo sin esfuerzo, aunque sea a costa de la dignidad.

Los mandos medios, esos personajes grises que administran el flujo de favores como mayordomos de un gran latifundio, también bailan al ritmo del poder. Si el líder deja de repartir el botín en la cantidad esperada, se apartan, buscan otro señor y pasan a ser tachados de traidores en un escarnio público, que sirve para amedrentar a quienes aún dudan en desertar.

La carta de los prefectos y de un alcalde, cinco figuras de la RC que osaron pedir renovación y diálogo, fue la chispa que encendió la hoguera. Correa, herido en su orgullo, gritó “traición” como patriarca abandonado. Fue la prueba de que los caciques territoriales quieren más poder, más puestos, más contratos; sin esos incentivos, también sus seguidores se dispersan como gallinas sin maíz. Hasta la bancada legislativa, en un gesto de supervivencia, se rebautizó: un cambio de piel tan vacío como los discursos que corean en las plazas.

Los políticos, maestros en el arte de la seducción, repiten “ustedes mandan”, y la gente aprende a exigir sus deseos como si fueran derechos: sin esfuerzo, sin trabajar, solo a cambio de un voto prostituido. Los operadores negocian su lealtad al mejor postor. Y cuando perciben en un nuevo gobierno, opciones para perpetuarse en un poder que creen propio, toman distancia, cuestionan y anuncian a los cuatro vientos que cambiarán de patrón. El líder en el exilio ve deslealtad donde hay hambre de poder; los mandos medios ansían escalar, no servir. Las aspiraciones de renovación no son sino un grito público de que ya no hay que repartir.

Si educas a un electorado a vivir de favores y no de políticas públicas firmes, crías cuervos que devorarán tu mano cuando el alimento se acaba. Si construyes un movimiento alrededor de tu nombre, cada disidencia será una puñalada. La RC cosecha lo que sembró: la deserción de masas que creían mandar, operadores que exigían pedazos de poder cada vez más grandes y un liderazgo que no tolera sombras.

El espejo es nítido. Repetir el mismo modelo puede darle al gobierno actual unos años en el poder, pero después vendrán otra diáspora, nuevos “traidores” y un pueblo cada vez más hambriento, dispuesto a seguir al próximo que les mienta mejor. Y así, en un ciclo sin fin, la ilusión del mandante seguirá girando en Ecuador, como un trompo de tiempo, hasta que alguien, en algún momento, decida romper la maldición.


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