Salvando al cacao ecuatoriano
Written by danilo_3re2RJc on 07/13/2025
En los tiempos de la pepa de oro, de los hacendados apodados los Gran cacao, cuando la mazorca dorada con partida de nacimiento ecuatoriana, guardaba en su semilla el alimento de los dioses, Ecuador aprendió a domesticar su aroma, a fermentar su esencia y a secarlo bajo el sol imperturbable de las planicies guayasenses. Pero ahora, en estos días de precios violentos, acopiadores, improvisados e incrementos de infarto, algo se está pudriendo en el corazón de nuestras pequeñas fincas.
Por secaderos contaminantes de Pedro Vicente Maldonado, en las fincas fronterizas de Esmeraldas, entre los secaderos improvisados de Manabí y los rincones húmedos de Napo y Sucumbíos, el cacao se vende en ambulancia, de urgencia: granos escurridos en un día, fermentados de 2 noches, secados por horas fugaces, tostados recién paridos de la mazorca. Muchos nuevos centros de acopio, convertidos en cómplices de este delito orgánico, han levantado remedos de secadoras que volatilizan al mucílago, lo evaporan sin piedad y lo arrojan al mercader como si fuera oro, cuando es una alquimia entre inmundicia y veneno.
Miles de campesinos, enceguecidos por los precios que suben y bajan como mareas traicioneras, esperando dictámenes al alza de la bolsa de valores, dejan los frutos pudriéndose en los árboles o los cosechan sobre madurados, germinados, fermentados a la velocidad del exigente comprador pirata, que mañana hará lo mismo con el maíz o el arroz. Otros, más astutos en su codicia, secan la pepa por fuera mientras el interior sigue mojado, pesando más en la balanza, pero menos en el alma. Y así, el cacao honesto y perfecto que alguna vez fue orgullo del Ecuador, ahora llega a los puertos con moho blanco, con humedad liberada, con olor a trampa.
Los compradores extranjeros, esos que antes recibían nuestros sacos como reliquias santificadas, ahora fruncen la nariz, maldicen en idiomas lejanos y voltean la mirada hacia Colombia, Perú, República Dominicana, donde el cacao se fermenta con paciencia de relojero y se seca con devoción de monje. Mientras tanto, nosotros, los herederos del mejor cacao del mundo, estamos ahogándonos en una avaricia que nos llevará a la mendicidad.
Pero no todo está perdido, aún hay muchos meses de precios altos antes de la inevitable caída, luego de la cual sobrevivirán los honestos que hoy son perjudicados por los tramposos. Todavía hay tiempo de rescatar lo mucho que queda, de volver a los patios de secado de tiempos sin prisas, a las fermentaciones que duraban lo que el desvanecimiento del interior morado indicaba, a los granos que pesaban lo justo porque valían esfuerzo, técnica y paciencia.
Hace falta una rebelión de procesos transparentes: que el gobierno nacional, las prefecturas, los municipios, las asociaciones, los técnicos, los exportadores, los chocolateros, se unan en una cruzada para salvar lo que por siglos nos ha definido y enorgullecido.
En cada parroquia cacaotera, los gobiernos locales deben censar hasta la última planta y levantar centros de fermentación comunitarios, vigilar a los acopiadores locales y obligarlos a cumplir una normativa esencial, que las universidades apoyen con el conocimiento, que miles de estudiantes anoten, analicen y canalicen para que el buen cacao se coseche, fermente, seque y pague como se merece y como siempre fue. Que el Gobierno en cada provincia controle la movilización del cacao y su trazabilidad, para que el cacao ecuatoriano no deje de ser ese relato mágico en tierras extranjeras.
Porque el prestigio, como los buenos amores, se construye con años y se pierde con un descuido. Si no hacemos algo pronto, solo nos quedará contar, entre suspiros y llantos, la leyenda del cacao ecuatoriano que alguna vez fue la pepa de oro.