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Cristales que astillas huesos

Written by on 05/31/2026

Cuando uno es niño, las palabras de la madre no entran por los oídos, penetran por la piel, se instalan en los huesos y ahí hacen nido. Eso aprendió a los ocho años, cuando la orfandad de su padre lo puso al frente de la crianza de sus cuatro hermanos menores, como un árbol recién nacido obligado a dar sombra.

La bestia que merodeaba

La pobreza no era un escenario, era un animal que mordía. Pero lo más pesado, lo que casi le parte el espinazo, no fue cargar con la alimentación de los niños, los uniformes, controlarles las tareas o sus propias peleas en la escuela pública. Eso, siendo niño, se vuelve un juego, un desafío que mantiene la mente ocupada. Lo difícil, lo que le fue astillando el cerebro durante los años de su infancia, fue el martilleo cotidiano de una palabra: tonto.

El salmo que rompe

Su madre se la repetía como un versículo diario. Al despertar, al volver de la escuela, al acostar a sus hermanos: tonto. A los catorce años ya era experto en tonterías. Si todos los días te dicen que eres un idiota, bailas con destreza la danza del imbécil. Su familia lejana que, si tenía dinero, le apodó: el loquito. Y él, como un buen alumno del desprecio, se empoderó del personaje: si soy tonto, que aguanten mis tontadas.

Quirófano sin anestesia

La sociedad es tolerante con un niño por muy tonto que sea, pero el mundo no perdona al tonto adulto. La sociedad es un quirófano sin anestesia para los que crecieron con un ladrillo en la cabeza, el cual hay que extirparlo. Ya universitario y graduado, se vio marginado, solo, con la etiqueta de tonto pegada en la frente. Había sido un alumno brillante, pero en su cabeza seguía siendo lo que su madre sentenció: un tonto.

El árbol torcido

Liberarse de una palabra dolorosa, dicha con furia desde donde debía venir el amor, no es como quitarse una camisa; es arrancar las raíces a un árbol que creció torcido. ¿Pero cuál era el antónimo de tonto medio siglo atrás? Inteligente. ¿Y dónde estaba la inteligencia cuando no había internet? Los prototipos de personas inteligentes eran esos hombres del papel periódico, los que manejaban las metáforas como cirujanos. Los editorialistas, columnistas, articulistas. Esos semidioses de la gramática, a los que nadie osaba llamar tontos.

Ladrón de palabras

Las polvorientas bibliotecas eran desactualizadas, pero había peluquerías. Allí, entre tijeras y colonia barata, los periódicos viejos no caducaban y escondía tesoros escondidos en sus páginas de opinión. Se volvió un ladrón de palabras. Devoraba editoriales, aprendía los estilos, copiaba a los famosos. Esa fue su academia secreta y gratuita.

La fragua del análisis

Y entonces el universo, cansado de verlo tropezar, hizo la primera de sus generosidades. Su primer empleo fue como asistente de uno de los mejores analistas políticos del Ecuador. Su tarea: leer y clasificar todas las noticias de todos los periódicos de la época. No era un trabajo, era el paraíso. Cada carpeta de noticias inconexas acumuladas por 6 meses, se convertía en sesudos análisis semanales sobre cacao, banano, política monetaria, deuda externa y demás elementos de la economía ecuatoriana. Fue una fragua de análisis y síntesis. Esa liberadora inteligencia en blanco y negro, esa sabiduría de imprenta, le impulso a escribir sus propios editoriales en el periódico de su ciudad, y más tarde, en uno nacional apenas a sus 27 años. Sus palabras se imprimían y viajaban, pero él seguía siendo pobre y escuchando el zumbido de tonto.

El mundo de treinta países

La vida, generosa con los tontos, lo llevó a conocer cada rincón del Ecuador y después a más de treinta países, donde observaba y aprendía. Hoy hay quienes lo llaman experto, intelectual, visionario, nadie duda de que es un hombre inteligente, productivo, diríase exitoso. Pero él, aún se despierta preguntándose si todo lo que hace no será otra tontería más.

El eco del abismo

Cuando escucha que le dicen tonto a un niño y peor: tonta a una niña, sea por broma, rabia, frustración o corrosiva costumbre, no saben la montaña que están sembrando encima de esos infantes o adolescentes. No oye un insulto, sino que visiona el reinicio de su misma historia: la del distanciamiento urgente, la del alejamiento violento, la de la soledad y la del apremio de compañía que viene después.

Las palabras que achican son un veneno de efecto lento y prolongado. Y la madre que las dice se convierte, sin saberlo, en la primera carcelera de una prisión de la cual no hay otra opción que escapar y al hacerlo, se sufre una segunda orfandad, la de vivir sin madre, teniéndola viva; lo cual es la peor tontería de nuestra vida; y su muerte, no nos redime.


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