José Unda, el artista solitario
Written by danilo_3re2RJc on 06/02/2026
Cada vez con menor frecuencia, lo ven sentado, el infaltable libro sobre la mesa, en una cafetería de La Mariscal, barrio otrora palpitante de vida, ahora devenido en zona tomada por depredadores de todos los niveles. Enjuto, de mediana estatura, oculta raíces aceradas; “guardo un guerrero dentro de mí” –solía decirme–, adusto y retraído, solo, de soledad genuina.
José Unda (Quito, 1948) tiene apariencia de monje. De ninguna de las religiones tradicionales, sino de la que ha sido su ferviente y fiel devoto, la que ha esculpido su figura y cuida el magma de su ser creador: el arte plástico. La biografía de los poetas es su obra, la de los artistas pintores también, la de los “elegidos”, así esta voz suene pasadista. A esta estirpe excepcional pertenece Unda.
Arduo y a veces imposible camino
De exigua cabellera, gorras confeccionadas por él mismo, campera y pantalón de dril, zapatos de lona, lentes gruesos. Vive en el último, pequeño piso, de un modesto condominio de la comuna de Tumbaco, lejos de los centros elitistas que pueblan ese valle. Cuando va a la ciudad lo hace en buses populares abarrotados, ignorando las mansiones y centros comerciales mayamescos que proliferan.
Confinamiento en su oficio de artista pintor. Idas y venidas por los abismos del ser a través de su mirada que cala superficies y accede a estadios a los cuales llegan solo aquellos que se desintegran en su creación, para volver a completarse a través de ella misma.
Descubridor temerario es Unda. Navega con supuesto rumbo conocido, pero en las aguas se pierde; sin embargo, hay una energía recóndita que lo impulsa a llegar a otro horizonte, al del “ignoto cartográfico” del que nos habla Pascal Quignard, es decir, a la exploración de aquello que jamás se halla. Pero rastrearlo desaforadamente es principio y fin de los grandes artistas.
El temple enérgico de Unda le ha permitido cruzar borrascas y privaciones, abandonos, ausencias y soledades… hasta acceder a una fortaleza inmune al infortunio. Soluciona apremios y urgencias gracias a su reciedumbre humana y a su oficio. Un aura forjada por su poderosa energía interior sella su personalidad.
El abstracto de Unda es una obnubilante y sobrecogedora exhalación de sus profundidades. Su arte abstracto –por llamarlo de algún modo, porque lo suyo desborda todo enceldamiento–: celebraciones milenarias y vislumbramiento de distancias, paraísos perdidos y reencontrados, firmamentos y abismos…
Germinación, amor, agonía, muerte y resurgimiento. Nuestras voces ancestrales y también –en muestra indesmentible de su genio– voces cuánticas; tiempo-espacio; danzas, tatuajes, sonatas, raigalidades de otras civilizaciones y culturas; kaabas; pirámides, vacío… Ideaciones, formas, imágenes aproximativas a la perfección finita y merodeo por el más allá.
Nunca lo contingente ni lo casual en su arte. Siempre lo esencial que es verdad tras la envoltura voluble. Arte metafísico: ni lógico ni naturalista –después de la física–. Fundacional del sentido del ser, del mundo y de la vida.
Centenares de lienzos y papeles pintados: él porfía que en sus papeles está lo mejor de su arte. El arte de Unda es un sabio y soberbio fisgoneo de la historia humana, del tiempo y de los intersticios del ser. Arte atemporal. Los “daños bárbaros” que sintió Hölderlin –sobre todo la “pérdida de la humanidad”– se encuentran en Unda pero, al contrario del Cisne Negro, su lucidez creadora se magnifica día tras día.
De sus series visuales emergen anulaciones, aspersiones, rayaduras, signologías desgajadas del magma de la hermética simbiosis hombre-universo. Dispendio de la memoria de la existencia inmersa en la tumescencia de trazos y colores, dentro de un corpus donde esplende su esencia. Trama estructuradora, incorpórea, recalcada y encandilada por la verdad de su arte.
De vez en cuando llegan coleccionistas de insólitas latitudes en búsqueda de su arte. He conocido artistas incapaces para promover su obra, nadie como Unda. Cuando le preguntaba por qué tan absoluto desasimiento frente a todo lo que impera en el reino del arte, fama y fortuna que empezaban a rondarlo durante su estancia en Canadá, por qué regresó si estaba abriéndose mercado en Europa… guardaba silencio. Silencio sabio de uno de los más notables artistas plásticos de nuestra América.
Sus manos generosas pusieron en las mías varios lienzos. Creí mi deber donar a la extinta Casa de la Cultura Ecuatoriana. Gobernaban el país un orate cleptócrata y embustero y su séquito de saqueadores que lo arrasaron con saña y de paso sepultaron esa histórica institución. ¿Dónde estarán esas obras únicas de Unda?
Pienso en artistas como Unda cuya obra puede exhibirse en los más renombrados museos y galerías del mundo, y me duele nuestra “patria chica”, vaciada de su alma, que eso es la cultura.
“Todo es visible y todo es elusivo,/ todo está cerca y todo es intocable…/ Latir del tiempo que en mi sien repite/ la misma terca sílaba de sangre” (O. P).