¿Y si las urnas contradicen a las encuestas? El caso de las elecciones en Colombia
Written by danilo_3re2RJc on 06/01/2026
Las elecciones presidenciales de Colombia, de este domingo 31 de mayo de 2026, han dejado una lección que se repite con inquietante frecuencia en las democracias contemporáneas: las encuestas pueden medir estados de ánimo, pero no siempre logran anticipar decisiones.
Durante semanas, los sondeos situaron al candidato de izquierda Iván Cepeda como favorito en la carrera presidencial. La conversación política giró alrededor de esa posibilidad. Analistas, medios y actores políticos discutían escenarios construidos sobre esa premisa. Sin embargo, cuando los ciudadanos acudieron a las urnas, el resultado fue distinto. Abelardo de la Espriella terminó primero con el 43,63% de los votos, por delante de Cepeda, que obtuvo el 41,17%.
‘Las encuestas siguen siendo herramientas valiosas para comprender tendencias, pero se vuelven problemáticas cuando se transforman en certezas’.
No se trata de una diferencia abrumadora. Tampoco de una derrota contundente del candidato de izquierda. Ambos disputarán la segunda vuelta presidencial. Sin embargo, el dato relevante es otro: las encuestas no lograron captar con precisión la magnitud del respaldo a De la Espriella ni anticipar que terminaría encabezando la votación.
El fenómeno obliga a una reflexión más profunda sobre el papel que desempeñan los estudios de opinión en la política actual.
Las encuestas nacieron como herramientas para observar tendencias, no como instrumentos para predecir el futuro. Sin embargo, en la práctica, suelen convertirse en una especie de oráculo moderno. Los resultados son presentados como fotografías del momento, pero terminan interpretándose como adelantos inevitables de lo que ocurrirá el día de la elección. Ese es el primer error.
El segundo consiste en olvidar que la política se ha vuelto cada vez más compleja de medir. Las identidades partidistas son más débiles, los votantes cambian de preferencia con mayor rapidez y una parte creciente de la ciudadanía desconfía tanto de los políticos como de quienes intentan estudiarlos. En ese contexto, capturar el verdadero estado de la opinión pública resulta cada vez más difícil.
La elección colombiana parece revelar precisamente esa dificultad.
Si se observan los resultados, emerge una realidad que los sondeos no lograron dimensionar. De la Espriella no solo alcanzó la segunda vuelta; además, concentró buena parte del voto de derecha. La candidata uribista Paloma Valencia quedó relegada al tercer lugar con apenas el 6,84% de los sufragios, muy por debajo de las expectativas que existían sobre su candidatura. Algo ocurrió en el electorado durante las últimas semanas o algo estaba ocurriendo desde antes sin que los instrumentos de medición lograran detectarlo.
La pregunta es inevitable: ¿existía una Colombia que las encuestas no estaban viendo? Quizá esa sea la principal enseñanza de esta elección. No porque los sondeos sean inútiles, sino porque sus límites son cada vez más evidentes. Las encuestas siguen siendo herramientas valiosas para comprender tendencias, pero se vuelven problemáticas cuando se transforman en certezas.
Las democracias conservan una virtud que ningún algoritmo ha logrado reemplazar. La decisión final sigue ocurriendo en el silencio del voto. Allí, lejos de los titulares, de los análisis y de los pronósticos, los ciudadanos todavía conservan la capacidad de sorprender. Y Colombia acaba de recordárselo a todos.