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Nelson Román o el arte perpetuo

Written by on 06/08/2026

Hace poco Nelson Román –referente indiscutido del arte plástico latinoamericano– pidió mi juicio sobre su arte para un documental. Quizás por ese reciente encuentro, mantuve en este texto el título del libro que escribí en 2011 sobre su vida y su obra. Perpetuidad. Transgresión de tiempo y espacio. Elusión de la mortalidad. Solo el “gran arte” puede lograrlo, y el de Román lo es. Precepto de las altas cimas estilísticas de una obra pictórica y visual por la creciente maduración estética de un oficiante excepcional.

El tiempo no ha alterado su bizarría para doblegar asperezas y zozobras que supera con estoicismo; en su rostro esplende la alegría de vivir y ese coraje propio de sus ancestros artistas, originarios de una ciudad de la Sierra ecuatoriana, Latacunga, donde nació en 1945.

El tiempo, único invicto

La voz animosa, sus ideaciones lúcidas y soberanas, sus pasos firmes, sus latidos de poeta. Rememoramos nuestra cercanía –y con los otros integrantes de Los Cuatro Mosqueteros, grupo que insufló vida nueva a nuestras artes plásticas–. Román era el mayor, más que por edad, por su ímpetu avasallante en sus logros visuales, manifiestos y performances.

Cada vez que veo al maestro –más cercano a mí ahora, quizás porque en la juventud y en la “primera madurez”–la penúltima de nuestro tránsito–, es como si el tiempo no existiera, solo nosotros; pero a partir de ese ciclo, su presencia se torna real e ineludible.

En mi memoria las máscaras creadas por Alejandro Jacho que tanto sedujeron a Román. Jacho y los suyos pertenecían a una familia de imagineros que se remontaba a la Colonia. Frecuentaban el taller de los Román –afamados artesanos también– para encarnar sus figuras: cristos, vírgenes, santos…

Las máscaras de Jacho subyugaron a Román. A ese ejercicio le debe sus asambleas de simbologías que convocan algunas de sus series: caballos, jaguares, serpientes, aves… criaturas resueltas con genio creador. Influyeron, además, su padre graduado en Bellas Artes y su madre que motivó su afición por la lectura.

Máscaras extraídas de tiempos antiguos y también del nuestro: danzantes, priostes, diablos, pingulleros, fuegos de artificio, vacas locas… Amalgama de religiosidad y ancestralismo, llameantes expresiones emergidas de las entrañas de un pueblo arquetípico de nuestro andinismo.

Enigmas, dolor, muerte y, a la vez, befas sangrientas. Máscara: rojo sangre de fondo. Un rostro pintado en dorados desvaídos. Cabellos y barbas azotados por el viento. Mirada desorbitada. ¿Máscara o retrato? Tal vez del soldado de la conquista abrumado por lo que vio e hizo y ahora ve.

Otra. En rojo tenue, un animal despatarrado y abiertas sus fauces en actitud agresiva cubre la cabeza de un rostro indígena resuelto en oro macilento. El ojo incendiado, la lengua burlona, desafiante. ¿Se mofa de sus conquistadores? ¿Ríe porque siente miedo de morir?

Primero fue el rojo, el color que alucinó a Román. Más tarde el azul: el azul de un alquimista. Herencia de algún genio de nuestro pasado remoto. Azul del viento milenario. Soplo ancestral. Mares intocados. Cielos despejados o a lo sumo veteados por el rumor de amores fenecidos. Ecos de azul transparente, cortinaje del tiempo.

Pilares de su arte: milenarismo, mestizaje, naturalismo y exaltación del ser y el arte. Formas y colores rebosantes de significaciones en vínculo sagrado con la realidad.

¿Imperio de Goya y Cuevas en el feísmo de Román como se ha insistido? Se llamó feísmo a cierta estética que usó Goya en su “arte negro”. Esta estética es un osado desafío al statu quo, no una escuela. Por lo demás, Cuevas –al calor de nuestra memorable amistad– señalaba su admiración por la creación visual de Román.

En 1972 Román obtuvo el Premio París con su Homenaje a César Dávila Andrade. Viajó a Europa y estudió collage, ensamble, grabado… Aglutinó los cimientos de su proposición visual. Atmósferas mágicas. Sincretismo. Confluencia de dos civilizaciones y dos culturas. Saberes y magia en un solo arte verdadero: la obra plástica y visual de Román.

Luego de un breve retorno al Ecuador, viajó otra vez y se afincó en París. Expuso en museos y galerías europeos y norteamericanos, además de mantener su propio taller. Durante años alternó exposiciones entre Europa y Ecuador, hasta que le ganó “esa nostalgia misteriosa de los artistas latinoamericanos” a la que se refería Juan Acha para describir a quienes sentían el llamado irrenunciable de su tierra.

Desde hace tiempo Román trabaja en AXZA AXZA X XIII-Ciudad perdida. Sabia y profunda condensación de su arte. Memoria y glorificación de nuestro ancestralismo. Historicidad. Mitologías. Crítica incisiva del progreso deshumanizador que vivimos. Colosal amuleto para preservar los sempiternos valores del ser humano, en nuestra comarca y en ese mundo que la magia creadora de Román ha fundado, más allá de las palabras, más allá de las imágenes.


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